El 31 de diciembre de 2001 se abolió el servicio militar obligatorio en España. Iba siendo hora, aunque resultara algo tarde para quienes tuvimos que pasar por ello. En mi caso, hice la mili con los estudios universitarios terminados, con más edad que la mayoría de la tropa que me acompañaba y después de tener que dejar mi contrato de trabajo en Radiocadena Española. Todos mis amigos de León se libraron por excedente de cupo, pies planos o miopía.
Los españoles carecemos de mentalidad alguna de defensa militar de país. Por fortuna, no ha sido necesaria. Durante las últimas décadas hemos vivido a considerable distancia de cualquier conflicto bélico, salvo las guerras de los Balcanes y Ucrania. Comprometidos en el club de la OTAN, resulta que ahora la guerra ya no es tan lejana. Más aún cuando países como Francia o Alemania han iniciado sendos procedimientos para implantar el servicio militar voluntario y retribuido y la creación de un cupo de reservistas.
El sabio refranero popular nos recuerda que “cuando las barbas de tu vecino veas cortar…”. El desquiciado Putin ha puesto en alerta a los países europeos fronterizos con Rusia. Aunque con ejército profesional, es revelador que todos ellos mantengan la mili obligatoria: Suecia, Finlandia, Noruega, Lituania, etc. Pero también países como Dinamarca, Austria o Grecia.
Es impensable que vuelva el servicio militar obligatorio tal y como era, sin embargo sería conveniente que en este país pusiéramos sobre la mesa un sereno debate respecto a las fórmulas para estar preparados ante los, de momento, hipotéticos riesgos que corre la defensa nacional en caso de vernos inmersos en un conflicto bélico.
Espero no verlo jamás. Ni que mis hijos lo sufran. A estas alturas de la vida, visto lo visto últimamente, no me sorprendería en exceso que alguna vez ocurra. Si para nuestra desgracia así fuera, que no nos pille mirando las nubes pasar.