03/07/2025
 Actualizado a 03/07/2025
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Y llegó el recuerdo del Mikolápiz para cambiarlo todo. El ilustre don Vélez –que me antecede los miércoles en este mismo espacio– me hizo ver con sus nostálgicas líneas sobre lo que han cambiado los veranos con respecto a cuando éramos micos que no merece la pena invertir las mías en destilar toda la bilis que llevo dentro a cuenta de la ralea infecta que nos pastorea bajo la atenta mirada del presidente aviador. Era mi idea inicial, lo reconozco, pero echar la vista atrás me ha hecho ver que la de la cosa pública es sólo una más de las decepciones que nos va deparando la vida en aras a marchitar nuestra ilusión por prácticamente todo cuanto nos rodea. 

Cuando quien ahora junta estas letras tenía más pelo y menos panza y apuraba a lengüetazos el Mikolápiz, mi mayor sueño era notar con la lengua que el plástico que servía para ir sacando el helado del cartón estaba rugoso, porque eso significaba que tenía premio y había que volver de inmediato al bar del paraíso redipollejo para que Esme nos diese otro, aunque ello implicase tirar la bicicleta en el medio de la calle y que algún vecino nos echara la bronca porque no podía pasar con el tractor y el remolque cargado de hierba.

No teníamos nada, pero éramos felices y no lo sabíamos. Nos parecía que aquello era sólo un aperitivo de lo que vendría cuando fuéramos mayores: tener un buen trabajo, manejar dinero, conducir, salir de fiesta para poder bailar un pasodobluco y ver si picaba alguna... 

Nada más lejos de la realidad. La felicidad era aquel aperitivo y todo lo demás ha sido una mala digestión de la vida. Ya por entonces soñaba con dedicarme al cada vez menos noble oficio del periodismo, que por desgracia se ha convertido en una suerte de carrera para ver quién ve antes un tuit o quién copia y pega más rápido un texto para ser los primeros en publicarlo y ponerle la zanahoria delante a los lectores como cuando Esme nos enseñaba el colorido cartel de los helados que tenía disponibles en el arcón.

La felicidad era pasar todo el verano rodeado de tus amigos y no verles de Pascuas a Ramos mientras ahora te sobran dedos de una mano para contar a quienes no te escriben para utilizarte como a una llave inglesa que tirarán a la caja de herramientas en cuanto no te necesiten.

Y la felicidad era cuando de verdad había quien miraba por el bien común y los pueblos estaban unidos más allá del día de la fiesta. De aquella creía que la política valía para algo, más aún después del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco. El tañido de las campanas del paraíso redipollejo aquella tarde me marcó y en mi cabeza rondó durante años la idea de dedicarme a trabajar por los demás. Por fortuna, la decepción llegó a tiempo en este caso, porque dar el paso me habría servido sólo para cambiar el Mikolápiz por los Fantasmikos.

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