jorge-frances.jpg

Mientras tanto

01/02/2018
 Actualizado a 19/09/2019
Guardar
La vida de verdad, la que curte la piel, sucede a la espera de lo que vendrá y en el abrazo frío de la nostalgia, en el trasiego de los días. La vida de verdad, la que hace Historia, sucede casi siempre donde nunca pasa nada. En Bilbao la ría crea una pequeña isla que durante décadas ocuparon las fábricas y que desde finales de los ochenta se convirtió en un cementerio industrial, un paisaje postapocalíptico de hierro, cemento y máquinas oxidadas. Bilbao, la ciudad de las reconversiones, quiere transformar este terruño olvidado en un nuevo barrio moderno y creativo. Una intervención larga y costosa, que tiene previsto prolongarse durante al menos veinte años. La capital vizcaína espera ese nuevo enclave como el punto final de su evolución de la urbe de las industrias a la capital cultural y cosmopolita que capitaneó el amarre del Guggenheim.

El bolero dice que veinte años no es nada, pero quizá es demasiado tiempo para simplemente esperar a que avancen las apisonadoras. Pueden ser los mejores años de varias generaciones, ese puñado de juventud donde la osadía y la energía permiten lanzarse a conquistar el mundo, o al menos a intentarlo. La isla de Zorrotzaurre ha llenado la desolación de ilusión, la espera de futuro. El interior de esos gigantes de forja y ladrillos grises cobija semilleros de empresas tecnológicas, talleres artesanos o innovadoras creaciones de artes escénicas. Desde hace años a Zorrotzaurre se va a conciertos a La Hacería o al teatro en el Pabellón 6. Sus responsables explican que la apuesta es tan efímera como el arte o la existencia. Ellos se irán cuando terminen las obras porque su reto es sembrar en tierra yerma, su ilusión es llenar el vacío de la espera. Es lo que llaman la filosofía del «mientras tanto», que germina también en otros países para revitalizar zonas muertas que esperan un destino en las nuevas sociedades.

Paseando entre los dinosaurios férreos de las factorías huérfanas de humo, en el silencio mecánico que ahora rompe la danza o los ensayos de canto, uno entiende como todo está por hacer mientras tanto. Recuerda el paisaje a las minas en paro y a las térmicas condenadas al cierre en las provincias de León y de Palencia. A la enorme chimenea afónica de la Central Nuclear de Santa María de Garoña en Burgos. Todas esas comarcas que también aguardan, pero que se secan en vez de cultivar el futuro. Gestionar el «mientras tanto» podría ser un ramillete de oportunidades para los jóvenes que buscan que alguien escuche su talento antes de que emigren para triunfar en otros horizontes. En lo que llega el nuevo modelo energético, la explosión definitiva del turismo de interior y la era del ansiado resurgir del medio rural. En lo que llega, si llega, la sociedad debe ser la solución para los políticos acostumbrados a replicar el pasado y obsesionados con contestar a nuevos retos con las mismas respuestas de siempre. Laboratorios sociales y experimentos culturales para dejar de enterrar el dinero propio y prestado en humildes museos que no visita nadie y en rutas (bien señalizadas) para enseñar a los forasteros las ruinas de lo que fuimos y nunca volveremos a ser. Decía Flaubert que «el futuro nos tortura y el pasado nos encadena, por eso se nos escapa siempre el presente». Hay vidas que suceden mientras tanto.
Lo más leído