Últimamente voy con miedo por la calle. Camino intranquila, mirando detrás de mí a cada paso, atenta al más mínimo ruido, al más leve indicio de que están ahí, muy cerca, sobre todo si tengo intención de pararme en un escaparate o algo así. Algunas veces, ni me atrevo, y sigo recto por la línea imaginaria de acera que me he cogido tratando de no moverme ni lo más mínimo hacia los lados si no es absolutamente necesario. Me va la vida en ello. Lo peor viene cuando tengo que doblar una esquina. Ahí el corazón se me acelera de forma descontrolada, la garganta se me seca y los músculos se me agarrotan. Intento agudizar aún más los oídos si cabe, por si oigo algo, por si capto alguna pista que me indique que es seguro continuar mi paseo o, si por el contrario, me va a arrollar un patinete o una bici. Hubo un tiempo en que caminar por la acera era lo normal: acera peatones, calzada vehículos. Eso nos enseñaron. Pero ese tiempo ya pasó. Ahora hasta en los parques hay patinetes corriendo libres como caballos salvajes por el campo. O como fórmulas 1 en un circuito, porque despacio, lo que se dice despacio, no van. Me aterra el día en que se lleven por delante a un niño pequeñito o a un anciano (si es que no ha ocurrido ya), porque un golpe con una de esas cosas no es ninguna tontería. Por la calle es lo mismo. Los ves venir y sabes que, o te apartas o te apartas, no hay más opciones. Ahora mismo la acera es suya. Por mucho que se sepa que son vehículos y que deben ir por la calzada, no van. Les dará alergia, o encontrarán una malsana satisfacción en atropellar gente. Nunca les he preguntado. No me da tiempo. En honor a la verdad, algunas veces he visto patinetes y bicicletas por la calzada. La mayoría de las veces en dirección contraria, pegándole sustos de muerte a ingenuos conductores que no se esperan que les aparezca alguien por donde no correspondía. Qué inocentes. Ese tiempo también acabó. Ahora en los cruces debes mirar a izquierda, derecha, arriba y abajo, que nunca se sabe por dónde van a aparecer. Parecen ninjas, silenciosos e imprevisibles. En las contadas ocasiones en que he visto a alguna bici o a algún patinete por la calzada en la dirección correcta, no estaban respetando las señales: semáforos y pasos de cebra no van con ellos. Son espíritus libres que pasan de la norma establecida. Rebeldes. Se cuentan con los dedos de una mano las ocasiones en las que les he visto parados en un semáforo. Normalmente miro y remiro por si tienen una avería, pero no, alguno decente hay. Y me he emocionado. De verdad. No les he dado un abrazo por no romper el encanto. Debería sacarles una foto. Es tan especial el momento como encontrarse un unicornio blanco. Como el asunto no tiene visos de cambiar, estoy pensando en alguna fórmula de salvaguardar mi vida. Las aceras no son ya un sitio seguro para un peatón, así que estoy considerando seriamente caminar por la calzada. Los coches me pitarán, sí, pero no me voy a cruzar con ningún patinete.
Miedo
08/04/2026
Actualizado a
08/04/2026
Comentarios
Guardar
Lo más leído