Félix Cuéllar

El miedo a equivocarnos nos roba experiencias

23/01/2026
 Actualizado a 23/01/2026
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Nos han enseñado a evitar el error como si fuera una amenaza. A elegir siempre la opción segura, a pensarlo todo dos veces, a no fallar. Desde pequeños aprendemos que equivocarse es algo que hay que corregir rápido o esconder. Y sin darnos cuenta, hemos empezado a confundir prudencia con parálisis. Hoy no es que tengamos menos oportunidades, es que muchas veces no nos atrevemos a vivirlas. 

Detrás de muchas decisiones que no tomamos no hay falta de capacidad, sino miedo. Miedo a equivocarnos, a decepcionar, a no estar a la altura o a ser juzgados. Y junto al miedo aparecen las inseguridades, esa voz interna que insiste en recordarnos lo que no somos o lo tarde que creemos que vamos. Son dos de los grandes ladrones de sueños y objetivos. No hacen ruido, pero condicionan vidas enteras. 

Hay personas que no cambian de trabajo por miedo a fracasar. Otras no emprenden porque dudan de sí mismas. Algunas no expresan lo que sienten por temor al rechazo. No es que no tengan ilusiones, es que el miedo y la inseguridad les convencen de que es mejor no intentarlo. Y así, poco a poco, van renunciando a aquello que un día imaginaron para su vida. 

Y luego están las personas que sí lo intentan. Se equivocan, fallan, aprenden y, gracias a ese proceso, acaban alcanzando sus objetivos. Con el tiempo, su éxito es observado por quienes no se atrevieron a dar el paso, y no pocas veces despierta un sentimiento incómodo: la envidia disfrazada de frases como «tuvo suerte». Pero la suerte rara vez aparece sin intentos previos, sin caídas, sin decisiones difíciles. 

Lo curioso es que nadie recuerda con orgullo los errores que evitó. Recordamos los intentos, las experiencias, los pasos que dimos aunque no salieran bien. Recordamos el viaje que nos cambió, la conversación incómoda que nos hizo crecer, la decisión que no fue perfecta pero sí valiente. El error duele, sí, pero también enseña. La inacción deja una huella más profunda: la del «¿y si…?». 

En este contexto, el papel de los padres es fundamental. Educar no es solo proteger, es preparar para la vida. Y la vida incluye errores, frustraciones y caídas. Vivimos en una época de sobreprotección bienintencionada, donde por amor intentamos evitar a nuestros hijos cualquier tropiezo. Sin embargo, al hacerlo, les robamos aprendizaje y confianza. 

Un niño que nunca se equivoca no es más fuerte, es más inseguro. Un joven al que se le allana siempre el camino no aprende a confiar en sí mismo. Equivocarse, frustrarse y volver a intentarlo fortalece. También conviene revisar algo incómodo:  muchas veces no protegemos a nuestros hijos de sus miedos, sino de los nuestros. 

Equivocarse no es fracasar. Fracasar es no intentarlo por miedo. Tal vez no necesitamos más certezas, sino más confianza. En nosotros y en nuestros hijos. Porque al final, lo que de verdad nos roba experiencias y sueños no es fallar, sino no atrevernos a vivirlos. 

¿Y si aquello que llamamos prudencia no fuera más que miedo bien disimulado?

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