Sol Gómez Arteaga

(Mi) viaje a Atenas

09/10/2026
 Actualizado a 09/10/2026
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Todo viaje, qué duda cabe, es personal e intransferible y, al final, es un viaje interior, hacia uno mismo. Cuando emprendí (mi) viaje a Atenas, me habían advertido de dos cosas: las ruinas que encontraría y la mucha imaginación que tendría que emplear para interpretarlas. 

El trayecto al hotel por carretera pone delante de mis ojos una sucesión de inmuebles abandonados, de un color blanco sucio, que delatan el crecimiento rápido y asimétrico de una ciudad sobre la que pesa como una losa la gran crisis económica. El aterrizaje ‘a pie de calle’ no es menos caótico. Los pasos de cebra aparecen desdibujados y cruzo las calles por donde puedo, sin oír, eso sí, un pitido.

En los sucesivos paseos por los barrios turísticos de Psiry y Plaka –viajar, qué duda cabe, es callejear, perderse– descubro grafitis, tabernas, música, palomas, tiendas de suvenir, buganvillas, colonias de gatos, en medio de una luz inmensa, un aire que es bálsamo para el cuerpo y un crisol de olores y colores. De la cuidad emergen, como setas, iglesias ortodoxas con imágenes sagradas –iconos– que desde sus tablas antiquísimas me miran envueltas en plata. Las ruinas se superponen en plazas y calles, testigos mudos de sustratos de historia.

Sobre Atenas se alza, como un vigía incansable, el monte Olimpo con su Partenón. Sin ese monte imponente pienso que la ciudad no sería lo mismo. El poder quiere estar arriba para verte y que le veas, parece advertir «cuidado con nosotros». Un detenido paseo por la Acrópolis es como un recorrido por un portal de belén, donde imagino a Sócrates aguijoneando a la gente con sus preguntas (cuántos Sócrates nos hacen falta), a los peripatéticos reflexionando mientras caminan, (es verdad que caminando se reflexiona mejor), los juicios celebrados en el Areópago, las Asambleas de una democracia pionera que no nace de la noche a la mañana, sino de la lucha entre eupátridas y desposeídos, quedando excluidas, entre otros colectivos, las mujeres. 

De vuelta al hotel cada tarde cruzo el Hades, esa colonia de muertos vivientes, restos de una sociedad que a duras penas asume su indigencia, mientras pienso que Atenas está atravesada históricamente por la guerra, la conquista, la dominación. Nada nuevo bajo el sol, por otro lado. No en vano debe su nombre a Atenea, diosa que nace, ya armada, de la frente de Zeus y lucha contra Poseidón por la hegemonía de la polis. Pero además es diosa de la sabiduría y mujer. Observando las metopas reconstruidas de sus museos, la hospitalidad (xenia) y resistencia de sus gentes, pienso que Atenas es, ante todo, una ciudad que se inventa a sí misma, se reafirma, dice sí. Con esa idea y su luz dentro de mí, regreso.

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