Ah que alegría. Guardados los pasos, silenciados vientos y percusiones, guardados o en limpieza túnicas y capillos, celebrada la semana santa de la cristiandad, crematística de la hostelería y nada empobrecedora de la industria petrolera, cada mochuelo se ha reintegrado a su olivo o nido. Ya parece regresada la vieja normalidad, si es que así, normalidad, se la puede llamar. Cierto es que no me gusta nada viajar y que el sencillo acto de pronunciar la palabra maleta ya altera mi pulso e incrementa mi tensión arterial. Así que llevo apuntados dos picos en los últimos días: uno, el de mi ida o huida al mágico pueblín adoptivo -transmontano, fluvial y costero él- de no más de quinientos cincuenta habitantes, el lunes conocido como Santo y Grande, y otro el de mi vuelta a los leones, el conocido como de Pascua de Resurrección. ¡Qué Nueva York la parroquia! -no es concejo- ¡qué Broadway su paseo marítimo, qué Park Avenue su senda miradora!, y lo que encuentro peor y por nada entiendo: ¡qué prisas! Que no hubiera nadie esperando el amanecer por lo nublado, vale, pero que nadie compartiese los preciosos ocasos que los días regalaron. Eso sí de las exageradas pitanzas gastronómicas que se habían propinado aún hoy me resuenan ecos y asombros. ¿No comerían habitualmente, no cenarían?, ¿serían famélicos o insaciables? Como diría Alfredo Amestoy: «Mi no comprender».
Mas, cómo comprender algo en esta patria tan de sí misma a la que más de una vez da hasta pena pertenecer y en la que cada vez más, militantes y simpatizantes de La Caverna y, en consecuencia, trogloditas ellos, parecen tener, no ya predicamento, sino creciente vocinglería, amén de claras manifestaciones o conductas xenófobas y racistas. Cómo voy a considerar a tales reaccionarios como compatriotas, qué comparto con tales especímenes, a lo sumo y, por mero azar, los habré de admitir como conterráneos. Me refiero, obviamente, a los silbidos, abucheos y cánticos racistas expresados por gran parte del público patriotero en el «amistoso» partido de fútbol entre las selecciones de Egipto y España el pasado 31 de marzo. ¡Qué lástima! ¿Do la educación, do la tolerancia? ¿Do la Federación? La viva imagen de lo indeseable.
Y no, no teman, hoy nada diré de los juicios comenzados en distintos tribunales hacia afamados (y presuntos, que no se me olvide lo de presuntos) maleantes de vario color e interés propio. De qué patria e interés común hablaban unos y otros. Presunta gazofia. Mi no comprender. Pena y rabia.
¡Salud!, y buena semana hagamos.