De todos los países de habla hispana que en América existen, seguramente México y Argentina son dos naciones con las que los españoles compartimos más capítulos de nuestra historia y raíces.
Gran parte de mi familia es mexicana o vive allí, al otro lado del Atlántico. Mi esposo es mexicano. Mis hijos tienen, por tanto, sangre azteca. Sería muy deseable que la relación entre España y México se restableciera de manera fluida de una vez por todas.
Esta semana las declaraciones de S.M. el Rey han sido polémicas, al reconocer el monarca durante su visita a una exposición en el Museo Arqueológico Nacional ante la presencia del embajador mexicano en España que, «a pesar del afán de la Corona por proteger a los indígenas, se cometieron abusos».
Seguramente Don Felipe haya querido suavizar el evidente enfado de la presidente Sheinbaum, indigenista radical, que no perdona las acciones que en el pasado hayan podido cometer los españoles implicados en la conquista. Pero parece que las palabras del rey no fueron suficientemente generosas, pues ella ve en estas declaraciones «un gesto de acercamiento sobre el que hay que seguir trabajando», a lo que Felipe VI ha respondido que hasta aquí llegan sus disculpas.
En España, como siempre, hay dos bandos, los que odian su propia historia e insisten en pedir perdón por un pasado al que no podemos volver y los que ven en el gesto de Don Felipe briznas de indignidad innecesarias.
¿Qué quieren que les diga? Pedir perdón nuestro rey o España entera, igual me da, por unos hechos que sucedieron hace seis siglos me parece de todo punto absurdo. Abrir ese melón significaría desenrollar una cadena de disculpas de todo pueblo invasor en el pasado. Ingleses, franceses, alemanes, vikingos, egipcios, preparen discursos de reparación de cada guerra, ocupación o conquista con que se escribió la historia. ¿No sería mucho más razonable trabajar juntos, sin prejuicios, por lo que hoy en día nos une?