Tal sucedió y sucede en las ciudades españolas, especialmente durante los años de despilfarro, llevadas por sus ediles a travestirse de nuevos ricos horteras y manirrotos. La destrucción de barrios enteros, como El Cabanyal de Valencia, las colocan ante el espejo de la madrastra de Blancanieves. En León, para no ser menos, mientras se desmoronan sus señas de identidad por doquier, se pavimenta. Y luego, se repavimenta. Y más tarde, se vuelve a pavimentar. La avenida de Ordoño II o la plaza del Húmedo, por citar dos enclaves nucleares, son la pianola desbaratada que tararea ese naufragio. La Plaza del grano perduraba: un lugar diferente que sobrevivía por su discreción y honestidad. Pero es un lugar pobre y aldeano, indigno de una metrópoli con estadio de Primera división y Palacio de muchos y copetudos Congresos. Era de pueblo, y por eso había que rehabilitarla, que ‘reinsertarla’ en esta ciudad sin alma. En eso estamos. Todo es legal y normativo. Todo está aprobado y avalado. Como siempre. Adelante con las máquinas.
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