‘Menas’ no es menos

11/08/2026
 Actualizado a 11/08/2026
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Vamos a por las etiquetas, que están de moda los rótulos incandescentes desde que nos hemos vuelto los bárbaros del tapete, aquellos que no quieren saber más del otro que ese colgajo tatuado en la piel que lo mete en un cajón. Son palabras que desnombran y facilitan así borrar una realidad para consolidar otra, la cómoda, la que nos pone en valor por encima de. «Menas» (Menores Extranjeros No Acompañados) hace eso con niños a los que no queremos preguntar cuál es su historia. 

Porque el día que Abdul dejó de ser Abdul para convertirse en un «Mena» no hizo falta escucharle ni preguntarse quién era su madre, qué dejó al otro lado del mar o cuántas noches durmió con miedo, hasta encontrar una salida a la desesperada, a nado para no ahogarse. La etiqueta hace el trabajo sucio. Lo empaqueta. Lo convierte en un concepto. Y es mucho más fácil odiar un concepto que a un niño.

Las etiquetas siempre han sido la herramienta favorita de quien necesita fabricar enemigos en serie. No hace falta conocerlos. Basta con clasificarlos. Luego vienen las frases hechas. «Nos invaden». «Nos quitan el trabajo». «Viven de las ayudas». El catálogo del miedo cambia poco con los años; solo varía el protagonista. Y lo curioso es que quienes más hablan de identidad son los primeros en robársela.

Yo soy Mar. La hija de Tita y Gene. La nieta de Feli, del cacharrero, de Modes y de la dulce Isidora. Soy las voces que me trajeron hasta aquí y las que vendrán detrás. No soy «menos» ni «mena». Y sobre todo, no soy «más» que aquellos a los que quitamos el nombre para que nos resulte más sencillo restarles después la compasión.

Hay algo profundamente perverso en ese mecanismo. Porque un niño da pena. Un «mena» da miedo. Y entre una palabra y otra caben todos los discursos que convierten la deshumanización en política. Sin tapujos se habla de sacar al ejército para poner barrotes en las fronteras, donde el mar las rompe, teñido de rojo. Navegando en una metáfora múltiple. Estamos de regreso también en esto. Solo que con mejores campañas de comunicación. Mientras tanto, El Bierzo sigue funcionando gracias a muchas manos que un día también llegaron de fuera. Hay vendimias que no existirían. Perales que seguirían cargados de fruta. Empresas que no encontrarían relevo. Nosotros emigramos para hacer salchichas a Alemania, para formar parte de la cadena de montaje de relojes suizos o para, simplemente sobrevivir. Y no nos llamaron «Menos» Mayores Españoles Necesitados de Ocupaciones para Salvarse. 

Cuando desaparecen los nombres empiezan a sobrar los derechos. Y cuando un niño deja de llamarse Abdul, ya casi nadie protesta si mañana deja también de tener infancia. No hay odio más eficaz que el que empieza en el diccionario. Las balas matan cuerpos. Las etiquetas, antes, matan personas.

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