Por estas fechas, todos los años, las montañas y los campos leoneses suelen estar cubiertos de nieve (éste tardó en nevar, pero por fin lo ha hecho, después de meses de meteorología extraña, confirmando el viejo dicho campesino de que ‘el invierno nunca lo comió el lobo’) y estos días la televisión se ha llenado de imágenes de carreteras y pueblos pintados de blanco acompañadas, como es costumbre, de todos esos tópicos que suelen rodear a un elemento que, aparte sus beneficios económicos, desempolva en muchas personas un espíritu infantil y navideño. Suele ser gente que conoció la nieve en los cuentos, en las películas infantiles, en lejanas excursiones a los puertos de montaña para practicar el esquí o deslizarse por las laderas sobre cartones o plásticos, y que, por tanto, tiene una memoria de ella feliz o por lo menos no conflictiva. Nada que ver que con la de quienes la conocimos teniendo que luchar contra ella en tiempos en los que las nevadas tapaban pueblos y carreteras durante días y a nadie se le ocurría pensar que la nieve podía servir para otra cosa que para alimentar la tierra preparándola para cosechas que aún tardarían mucho en llegar, pues los meses entonces discurrían más despacio que ahora, fuera por nuestra percepción del tiempo o por nuestra memoria de él.
Por eso, cuando las imágenes de la televisión y de los periódicos me devuelven las de mis años leoneses como a Colinas en Ibiza, aquellos años en los que nevaba siempre, a mí, lejos de producirme una sensación de nostalgia feliz, la nieve me provoca melancolía y ensueño, el del vapor de la leche del desayuno sobre la chapa de la cocina al amanecer, el del camino a la escuela hundiéndome hasta las rodillas, el de las uñas amoratadas por el frío, el de los sabañones en las orejas, el de las estufas para calentar las manos (y para derretir la tinta), el de las figuras negras de los mineros caminando como fantasmas por los caminos hacia la mina, el de losatardeceres borrados por las ventiscas durante días y las noches iluminadas como fantasmagorías heladas tras los cristales de la ventana de mi habitación.
Cada uno tiene su memoria.
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