11/05/2026
 Actualizado a 11/05/2026
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Hablamos de supuestas élites de la sociedad, no del ciudadano de a pie, en un axioma consustancial con empresarios, responsables políticos o ejecutivos de empresa: Un mediocre, torpe, intentará rodearse de colaboradores anodinos, pues teme que alguien «le mueva el sillón», ¡no falla!, pero el mediocre espabilado sabe que un buen equipo puede coadyuvar a su éxito en la acción.

La mediocridad es una falta de seguridad y talento, unido a un oportunismo sin afán de superación, aunque es obvio que no deseado pues llegamos así de la «cocedura». Es hacer lo justo dando la impresión que podríamos hacer más, opinar sin profundizar, criticar sin proponer, ¡echar la culpa de todo a alguien! o preparar los temas a medias o cogidos con alfileres.

Lo preocupante no es que existan personas mediocres, es que se normalice y se premie. Allí donde incomoda quien cuestiona o ejerce la crítica constructiva, donde se castiga la excelencia con envidia y se confunde humildad con conformismo, la mediocridad encuentra su terreno más fértil.

Los responsables mediocres suelen proteger su zona de confort con excusas: «No vale la pena intentarlo». Ese discurso, repetido, termina convirtiéndose en cultura y cuando esta celebra la tibieza el progreso se ralentiza.

Sin embargo, la mediocridad suele ser un destino irreversible, ya que exige más energía superarse que sostener siempre la queja, asumir responsabilidad, aceptar errores o tolerar la incomodidad del aprendizaje. No todos estamos llamados a ser brillantes, pero sí que podemos tener presente un afán de superación.

En el fondo, la mediocridad no daña solo a la sociedad, ya que lo hace a quien la abraza, porque vivir por debajo del propio potencial genera insatisfacción sorda difícil de nombrar. En definitiva, apostar por la excelencia en lo pequeño y en lo grande no es soberbia es respeto por uno mismo y por los demás. Salud.

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