Parece que este mal sólo afectase al campo del cine y la televisión, pero también han surgido protestas y acusaciones en la Universidad y en el ámbito político. Y es que, aunque se nos llene la boca hablando de igualdad, el horizonte para alcanzarla aún es lejano. Debe serlo cuando uno observa cómo se forma en Oriente un nuevo gobierno y todos sus miembros son hombres con traje y corbata. Debe serlo cuando los congresos sobre temas trascendentales siguen siendo una postal masculina y lo mismo ocurre con los escaparates de muchas célebres entregas de premios.
Más allá de diferencias ideológicas y de una hipocresía cultural que ya no ampara a nadie, enerva comprobar cómo mujeres que desarrollan su actividad con dignidad reciben críticas de eminentes intelectuales (véase las palabras de Félix de Azúa contra Ada Colau) o lo que es peor, de otra mujer (véase la espantosa amenaza que sufrió Arrimadas en la red cuando una usuaria le deseó una violación múltiple).
Mientras no exista una auténtica condena contra las declaraciones machistas, provengan estas de hombres o mujeres, mientras no haya justicia al analizar el ascenso social de seres humanos, no lograremos la ansiada libertad que permita a las mujeres medrar por sus propios méritos, deshaciéndonos de esa condena llamada abuso que es en realidad una esclavitud más. Como un día dijo la escritora Mary Wollstonecraft: «Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas».
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