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Me están matando los míos

16/02/2026
 Actualizado a 16/02/2026
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Las palabras de Felipe González, declarando abiertamente que no piensa votar a su partido (el PSOE actual) por considerar al secretario general del mismo (Pedro Sánchez) «el puto amo» le han recordado al cronista las de su amigo, difunto, el poeta Agustín Delgado.

Después de una militancia juvenil en la poesía dialéctica y la filosofía de la lucha por la libertad del individuo, después de tropezar en todos los obstáculos que ponían en el camino todos los mentirosos de este mundo, léase comunistas. libertarios, etc. y llegar a la madurez sin haber cosechado más que desengaños, a el le dio por «meterse» en el socialismo y aceptar cargos de responsabilidad, como agregado cultural en París bajo el imperio de Felipe González y Alfonso Guerra.

Fueron años de descubrimiento. Especialmente de la poesía de Paul Celan. Mira, decía, y me mostraba la portada de ‘Amapola y memoria’: Un hombre que , siendo niño, fue encerrado en la peor de las cárceles horribles del exterminio de Hitller, en Manthausen, y ve morir allí a sus padres. Y sobrevive consiguiendo rehacer su vida en Francia. Y casarse y tener hijos. Y triunfar. Pero, cuando ya parecía seguro, se tira al Sena desde un puente. Hoy de fama mundial. Luego se callaba y fingía. Una semana de vacaciones que pasamos juntos observábamos de vez en cuando la torre Eiffel desde el balcón. Vamos hasta allí y nos hacemos una fotografía. No hace falta. Mírala. Desde aquí se ve mejor.

Cuando comenzó el declive, se quejaba de que continuamente le estaban reprendiendo los del partido. Que si no pagado usted la cuota del Sindicato, que si no acudió a la recepción del Sr. Ministro. ¡Me están matando los míos¡ Y, poco a poco, la depresión se fue transformando en un pánico a la vida que ningún tratamiento logró quitarle de la cabeza que la mejor salida era despedirse.

Votaré, pero en blanco. Felipe González no soporta a sus correligionarios, auto proclamados «progresistas». Triste sino el de las preclaras mentes, que, metidas en política, se ven abocadas al desastre, acorralados por los suyos. Esos que, llegados cuando, después de ardua lucha, se ha conseguido el poder, lo único que hacen con él es repartirlo y cobrar.

Vamos a dar una vuelta y ver las calles repletas de carteles que anuncian la felicidad de los que sienten progresistas. No; mire usted, mejor volvemos a leer a Paul Celan y a Agustín Delgado. ¿No le parece? Pues, sí, mirándolo de ese modo...

Nosotros a la nuestro. Los auto proclamados progresistas (los putos amos) que se voten entre sí.

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