Nos quieren enfrentados, obsesionados con el «y tú más», «o estás conmigo o contra mí», y si estás contra mí, te cancelo. Se acerca la navidad y no quiero ni imaginar cómo serán las reuniones familiares en algunos hogares en los que haya hermanos, cuñados o nietos que piensen distinto.
Contra todo pronóstico, más que nada porque el Gobierno y algunos youtubers lo daban por absuelto, la sala segunda del Tribunal Supremo ha condenado al fiscal general del Estado. Recordemos que no se le juzga por decir verdad o mentira, se le acusa de revelar secretos de un particular, el señor González Amador, pareja de la presidenta Ayuso. También creo necesario recordar que, si este señor ha cometido un delito fiscal, será juzgado y castigado con todo el peso de la ley. Lo recuerdo porque he llegado a escuchar que «si condenan al fiscal general entonces González Amador será absuelto». No, tendrá su sentencia. Esa es la esencia de la justicia y la base de una democracia sana. Ya lo dijo Montesquieu en plena Ilustración: «Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder», es decir, para que la democracia funcione, debemos respetar la separación de poderes, es un principio fundamental. Por eso me cuesta asumir que haya quienes cuestionan las decisiones del Supremo, cuya sala segunda condenó a la trama Gürtel y absolvió a Pablo Iglesias. En ese momento no fue cuestionada, ahora sí.
Lo que parece increíble es que los ciudadanos hayamos normalizado por completo que haya un fiscal general elegido por el Gobierno, el de turno, igual me da, y que PP y PSOE se repartan la elección de los vocales del CGPJ. Eso es lo que no es normal. Una vez más, acudamos a Montesquieu: «Todo estaría perdido, cuando el mismo hombre ejerza esos tres poderes: el de hacer las leyes, el de ejecutar las resoluciones públicas y el de juzgar los crímenes o las diferencias entre los particulares».