En España Jordi Vivancos, pedagogo, un hombre que llenó de pianos Barcelona, lanzó la propuesta a AENA para inundar de melodías una sala del Prat y otra de Barajas. La oferta fue rechazada. Está claro el nulo apoyo de autoridades y organismos públicos a la cultura en general y a la música en particular. Decisión que contrasta con el fervor popular, pues es impactante el éxito que esta iniciativa ha supuesto en espacios compartidos, físicos y virtuales.
Cuando un piano empieza a sonar se desencadena una revolución. La música nos invita a escuchar y escuchar es una actitud. Escuchar nos invita a ejercer la tolerancia, la comprensión, el entendimiento. Parece sencillo un acto tan antiguo y a la vez tan moderno. Escuchar es el principio de la libertad y la comprensión. Educar en sensibilidad y humanidad. No educar para la competición y la imposición moral. Educar en empatía e igualdad como principio fundamental de integración.
En un mundo en guerra por culpa de fanáticos que tratan de imponer su modelo de fe y vida, un modelo medieval que atenta contra los más primitivos derechos humanos, escuchar se hace imprescindible. Llámenme soñadora, pero me sumo a la consigna de Lennon en Imagine: un solo mundo en paz para estos «solitarios en contacto permanente» que dijera el filósofo Zygmunt Bauman. Que suene la música y que nadie dispare al pianista.
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