Desde hace tres años, cada verano me encuentro con una amiga muy especial. Se llama Sofía, es italiana y tiene nueve años. A Sofía, como a mí, le encanta la música, y es la música la que ha unido nuestras vidas que mantienen una conexión estival melódica y humana. Hace unos días, Sofía me contaba que, en la estación de tren de Turín, hay un piano, también en el aeropuerto de esta ciudad, que es la suya, y en muchas más ciudades italianas. Un piano a disposición de todo aquel que quiera acariciar sus teclas y comunicarse. Los pasajeros, en su tiempo de espera, antes se dedicaban a ojear noticias en el móvil, a leer algún libro tal vez, pero ahora, en muchas ciudades de Europa, como en París, Londres, Ámsterdam, Roma o Lyon, siempre surge algún espontáneo, aficionado o profesional, que se anima a ejecutar una pieza. El público entonces abandona lo que estuviera haciendo y se dispone a escuchar, disfruta de esa sensación que existe más allá de fonemas, etiquetas y fronteras que puedan separarnos, porque si existe un lenguaje universal que sea, además, emoción en vena, la música lo posee por naturaleza.
En España Jordi Vivancos, pedagogo, un hombre que llenó de pianos Barcelona, lanzó la propuesta a AENA para inundar de melodías una sala del Prat y otra de Barajas. La oferta fue rechazada. Está claro el nulo apoyo de autoridades y organismos públicos a la cultura en general y a la música en particular. Decisión que contrasta con el fervor popular, pues es impactante el éxito que esta iniciativa ha supuesto en espacios compartidos, físicos y virtuales.
Cuando un piano empieza a sonar se desencadena una revolución. La música nos invita a escuchar y escuchar es una actitud. Escuchar nos invita a ejercer la tolerancia, la comprensión, el entendimiento. Parece sencillo un acto tan antiguo y a la vez tan moderno. Escuchar es el principio de la libertad y la comprensión. Educar en sensibilidad y humanidad. No educar para la competición y la imposición moral. Educar en empatía e igualdad como principio fundamental de integración.
En un mundo en guerra por culpa de fanáticos que tratan de imponer su modelo de fe y vida, un modelo medieval que atenta contra los más primitivos derechos humanos, escuchar se hace imprescindible. Llámenme soñadora, pero me sumo a la consigna de Lennon en Imagine: un solo mundo en paz para estos «solitarios en contacto permanente» que dijera el filósofo Zygmunt Bauman. Que suene la música y que nadie dispare al pianista.
Más pianos, por favor
27/08/2017
Actualizado a
19/09/2019
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