30/10/2023
 Actualizado a 30/10/2023
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Se acerca la Navidad y algunos de los alcaldes de España compiten en levantar el árbol de Navidad más alto. Cuestión que deben considerar importante para el enaltecimiento de sus ciudades. 

Pero es que los acontecimientos no invitan a ‘celebrar’ nada y menos la Natividad de uno de los dioses que menos cuentan hoy en el mundo. Y sus enseñanzas las que menos se practican... El alcalde de Vigo asegura que su árbol es el más alto del mundo, y el de Badalona promete levantar al más alto del universo. Y ambos dos nos recuerdan a aquel alcalde perpetuo de un territorio leonés, que gustaba de celebrar acontecimientos culturales con una suculenta comida en la venta de la orilla del río. Cuando la muchacha que hacía de camarera, al final, después de los postres, le preguntaba qué puro le traería, él contestaba siempre. El más grande.

Pero una de las primeras cosas que aprendimos es que no siempre, mejor dicho: casi nunca, lo mejor es lo más grande. Incluso abundan los asertos en los que se festeja la pequeño por lo fino.

Sin embargo, en cuestión de árboles de Navidad, como en cuestión de dioses, la cosa no debe tener otro rumbo que la grandeza. El nuestro es el más grande, predican los de Hamás y en su nombre siegan vidas de seres humanos inocentes ahora mismo en Palestina como quien gozara de un derecho divino para disponer de ellas y segarlas a su antojo.

Tal vez el problema resida en algunos de nosotros que, como el padre del protagonista de la gran y última novela de Muñoz Molina: «Mi padre no servía para el mundo en el que le tocó vivir» aunque, en su caso, se refería a la España de la guerra civil de 1936. «España es un país sin piedad», decía. ¿Y la Rusia de Putin? ¿Y la Palestina de Hamás? ¿Y el África profunda y sus hambrunas?

Pero caminamos hacia la celebración del nacimiento del dios de los vencidos, de los pobres, de los desfavorecidos, de los de abajo, de los huérfanos y perseguidos... Y, aunque algunos no creamos en él, ni en ninguno otro, tal vez convenga olvidar por un tiempo que somos solamente polvo y pensemos en: «Quitarnos del pasado como quien se quieta del tabaco» (M. Molina dixit) y convenir en que levantar árboles altos de Navidad puede ser una salida contra las bombas de racimo: Pelearse por ver quien la tiene más larga no debiera ser nuestro objetivo. 
¿Y si volvemos a pensar en lo pequeño? Por ejemplo en el amor, o en la dulzura?

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