Damos la vida por un bien garantizado, pero lo cierto es que nadie nos dice cuando llegará la hora en la que nuestro viaje llegue a su fin, a veces pronosticado, a veces abrupto. Planificamos y vivimos como si el mañana estuviese disponible en el calendario para alcanzar nuestros deseos, anhelos y sueños.
Cuando ocurre una tragedia como el reciente choque frontal de trenes en Adamuz, nos damos cuenta de nuestra fragilidad, sabemos que nosotros podríamos haber ido en esos vagones, que su adiós es también el de cualquiera de nosotros y que en cualquier momento nuestra ruta se queda detenida en un andén.
Una vez más, España está de luto. Casi cincuenta personas han perdido la vida esta semana en accidentes ferroviarios. Para sus familiares y amigos vaya este abrazo de palabras.
Precisamente estos días estoy viendo una serie japonesa cuyo título encabeza esta columna: «Más allá del adiós», que reflexiona sobre la pérdida de un modo agridulce que conmueve y reconforta. La serie comienza con un accidente provocado por un alud en el que Saeko, la protagonista, se salva por el abrazo que la protege de la muerte y que en ese instante le da su prometido Yusuke, un hombre vital que adora el café y los pianos de los aeropuertos.
Los orientales dan mucha importancia al abrazo. Es su primera manera de decirle a alguien que le importa de verdad. Quizás deberíamos imitar ese gesto y no banalizarlo. Guardar abrazos para momentos como este y tener siempre en reserva, para cuando el dolor venga a azotarnos.
No podemos evitar la pérdida. No hay vuelta atrás en el reloj, lo que no significa que no se investigue, la justicia es una forma de respeto hacia quienes se han ido involuntariamente, pero los que seguimos aquí, no debemos escatimar en gestos con quienes sufren. Sigamos caminando sin dar tregua al olvido, que su ausencia y su dolor no sean en vano, que no haya lágrima sin abrazo.