Si la semana pasada alertábamos sobre una nueva invasión de simplificaciones del Quijote con presuntos fines didácticos o divulgativos casi nunca logrados, hoy toca sorprenderse ante la cantidad de emulaciones y trasposiciones anacrónicas del mito que han arrojado las imprentas. El tema es inagotable y mucho más interesante. Desde el mismo Quijote de Avellaneda, prácticamente coetáneo del de Cervantes, hasta ‘La vuelta de don Quijote’, escrita por Torcuato Miguel en 1979, se cuentan por docenas los usos que los autores más diversos han hecho de esos personajes que hace ya siglos que dejaron de pertenecer a Cervantes.
Por mi parte me gustaría detenerme en la curiosísima ‘Monseñor Quijote’, publicada en 1982 por Graham Greene. Su protagonista es un sacerdote manchego que, junto a su amigo el alcalde comunista Enrique Zancas y a un Seat 850 al que llama Rocinante, emprende un viaje alucinante por la España de la transición y por las dudas de las respectivas fes de los dos personajes, quizá no tan antagónicas. La historia es sobre todo una excusa que permite al autor navegar a través de sus inquietudes existenciales, y sólo por eso resulta interesante, sin entrar a valorar su calidad literaria. Pero leída hoy, solo 30 años después de su publicación, suscita otras reflexiones ¿Encontraría Greene hoy en España un público capaz de conectar con alguna clase de inquietud espiritual? ¿Qué pensaría el alcalde Zancas de que su viejo y sagrado PC se entregue a la disolución definitiva en la fangosa marea podemita? ¿De verdad ha habido en el proceso de transformación social que empezó con la transición algo que nos haya hecho mucho mejores de lo que éramos hace 30 años? Como en un juego de muñecas rusas, uno termina la novela mirando el siglo XXI con los ojos de unos personajes del XX que a su vez eran ya una trasposición del XVII. Y como desde el XVII, el siglo nunca nos gusta y la mirada del Quijote siempre es consoladora.
Creo que en cada uno de mis amigos y de las personas a las que hoy admiro hay algo de Quijote, un alto grado de inconformismo cultural, ético o espiritual, incompatible con el exilio interior; al contrario, se ponen la armadura desfasada y arremeten contra los molinos y contra las risas de aquellas venteras a las que con imperturbable dignidad insistía el hidalgo en llamar doncellas. Y les muelen a palos. Quizá sea esa la única manera de pasar por este mundo de acuerdo con uno mismo, y quizá por eso siempre haya alguien componiendo un nuevo Quijote.
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08/05/2016
Actualizado a
19/09/2019
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