Cuentan que el viento es otro meteoro más, algo así como una corriente de aire producida en la atmósfera por causas naturales. Un asunto vulgar, como se ve. Sin embargo, ese meteoro molesto según su intensidad ha generado un sinfín de expresiones, un sinnúmero de términos para describirlo y un puñado de refranes y dichos. Cuentan así mismo que marzo es precisamente el mes de todos los vientos (al menos hasta que el clima empezó a trastornarse), y aunque muchas sean las festividades que en él se acomodan, nadie podrá evitar en un primer momento pensar en marzo como un ser eminentemente ventoso. Ventoso y guerrero, porque tampoco ignoraremos que marzo es el mes dedicado al dios de la guerra, y bastante belicosos nos han venido los vientos en este preciso marzo.
Ventoso fue nombrado parte de este mes en el calendario republicano francés, aquel calendario que se diseñó poco después de su revolución contaminado por ideales que hoy nos pueden parecer marchitos y que pretendía, además, eliminar del mismo las referencias religiosas. Al final, como sabemos, triunfó el mucho más antiguo y litúrgico calendario gregoriano, aunque, eso sí, en él se respetó el nombre romano de los meses. Y de ahí precisamente la consagración de marzo al dios Marte.
De tal forma que la mezcla entre Marte y Eolo arroja el resultado que todos conocemos y sufrimos en estas fechas. Un Marte sin límite y un Eolo desatado. Como puede suponerse, la virilidad era una característica del primero, mientras que al segundo se le consideraba guardián de los vientos. Es decir, entre virilidades y guardias andamos, lo cual explica mucho mejor el rostro de este marzo desabrido. Y entre divinidades, que eso también dice bastante de la calamidad que nos ha tocado en suerte.
Así que lo que importa es condenar la tragedia, combatirla y esperar la llegada de abril, que siempre llega, ese mes relacionado en su etimología con la diosa Afrodita, la del amor y la belleza, esto es, el polo opuesto a sus colegas en el Olimpo.