Conocí a un joven que rozando la cincuentena falleció a causa de esclerosis lateral amiotrófica (ELA). La enfermedad llegó y arrasó de manera fulminante dejando en su familia y amigos la desolación inesperada de una partida a destiempo. Durante ese período breve en que el mal se extendía por su cuerpo, su hermano, profesor vocacionado, a quien llamaremos Pablo, pidió una excedencia para cuidarle a jornada completa. La entrega fue absoluta, y durante ese tiempo el joven, a quien llamaremos Santi, recibió la plenitud de un hermano que se entregó por entero.
La calamidad de la enfermedad permitió a los hermanos experimentar una unión impensable en otro contexto. Es lo que Morrie Schwartz, amigo y viejo profesor de Mitch Alborn, que también contrajo ELA, llamaba «la tensión de los opuestos». «La vida es una serie de tirones hacia atrás y hacia adelante. Quieres hacer una cosa pero estás obligado a hacer otra diferente…, das por supuesto ciertas cosas, aunque sabes que no deberías dar nada por supuesto». Morrie, desde la sabiduría que otorga la cercanía de la muerte, desgranaba martes a martes, en cada uno de los encuentros con su alumno Mitch, las lecciones más provechosas que luego Mitch, plasmó en el libro ‘Martes con mi viejo profesor’, escrito en 1997, para convertirse en un precioso testimonio sobre el sentido de la vida que además ayudó a la viuda de Morrie a sufragar el abrumador coste de los cuidados provocados por la ELA. He tenido la fortuna de que el libro cayera en mis manos para alimentarme durante estos días de entrega a su lectura.
La sabiduría innata del viejo profesor, que escribió su propio epitafio –profesor hasta el final– que enraizó en un alumno, aunque «los muros de piedra que se habían levantado entre su presente y su pasado, le habían hecho olvidar lo unidos que habían llegado a estar», se convierte en un tesoro digno de ser compartido. Entre sus paginas he encontrado reflexiones en torno a la muerte, como la gran niveladora capaz de conseguir que personas, que no se conocen, derramen una lágrima las unas por las otras como recurso sanador para lavar las heridas del dolor. Y la necesidad de mantener el corazón abierto para flotar equitativamente entre todos. Y el tiempo, como regalo sanador por encima de cualquier posesión material…
Como el que el profesor Pablo dedicó a Santi, su hermano, cada uno de los días que le acompañó durante su ocaso. Tendiéndole la mano, tomándole en sus brazos para cambiarle de postura, atendiéndole en sus necesidades más íntimas.
Le preguntaba Mitch a Morrie, uno de sus martes de encuentros: «y en esa tensión de opuestos, que es algo parecido a un combate de lucha libre, como la vida misma, ¿qué bando gana entonces?».
Morrie sonríe con los ojos llenos de arrugas, con sus dientes torcidos.
– Gana el amor. El amor gana siempre.