La vivienda es ahora el asunto fundamental. El origen de toda la rabia, de toda la indignación. Por supuesto, ya estaba ahí. Hace mucho tiempo que se amasa la tormenta de la vivienda, de la ausencia de ella, de los alquileres disparados, de la especulación. Pero acaba de descargar en los primeros días del otoño sobre la emblemática Puerta del Sol, rompeolas, sí, otra vez, de tantas cosas. La vivienda, la ausencia de ella, la falta de soluciones habitacionales para los estudiantes, para los jóvenes, para los viejos desvalidos, se alza como el gran asunto, como el gran tema para el nuevo curso. Y ha tardado, considerando que el mal viene ya desde muy lejos.
Con el impacto del desahucio de Maricarmen, ahora símbolo de la lucha por un techo, y de la defensa de lo humano, tan denostada en este mundo inmisericorde, las cosas parece que pueden cambiar. El movimiento que acampa en Sol (hoy podríamos llamarlo ‘los lunes en Sol’), a la espera de que algo suceda mañana en forma de decreto ley que proteja de una vez a los vulnerables, no se ha identificado expresamente con aquel 15M, que removió conciencias y que parecía dirigirnos a una sociedad al fin consciente del dolor de los otros. Hoy, con las elecciones a la vista, teníamos la sensación de que aquellos ecos de la protesta, la lucha en la calle que es la única que parece torcer la mano de la política, se habían apagado. Las encuestas (casi todas) hablan por sí mismas. Pero, de pronto, una luz encendida. El triste desahucio de Maricarmen, en medio de una batalla de proclamas y también de resistencia ante el poder y el dinero, ha venido de pronto a dibujar un nuevo paisaje en el crudo inicio del otoño.
Hace poco escribí en otro sitio que la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York nos mostró síntomas del final de un mundo. No es que no lo supiéramos, pero la euforia trumpiana, que reniega de la ONU (como de toda organización que no le complazca lo suficiente) mostraba el camino de este mundo autoritario en el que ya vivimos, en el que unos cuantos líderes no están dispuestos a aceptar reglas que no les convienen, y, mucho menos, los dictámenes de instituciones u organizaciones globales. El mundo de los matones se va imponiendo, desde la gran riqueza abusiva, y, si, desde ciertas dosis de desprecio y atrevimiento. La tiranía del dinero y de parte de la nueva tecnocracia no está dispuesta a aceptar órdenes. Trump siempre ha manejado esa idea, que se ha extendido como una mancha de aceite por Europa, donde muchos se encargan de derruir los cimientos de la Unión para favorecer el poder de las naciones, el proteccionismo económico, la ausencia total de empatía con los otros. Es la demolición de la diplomacia, de los pactos sociales, de acuerdos como el del clima (en pleno desastre climático), y el abrazo a la falsa propaganda y a la verborrea.
En fin, en esas estamos. Puede que este Trump crepuscular y prepotente, que habla en la ONU como si fuera su cortijo (a pesar de despreciarla y de reducir drásticamente las aportaciones al desarrollo, justo lo contrario de lo que ha hecho España, que las ha aumentado en los últimos tiempos), esté en apuros de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre. Se dice que los candidatos republicanos en varios estados evitan en lo posible ser asociados con la marca Maga, o, al menos, con la figura de Trump. El magnate al que casi todos se abrazaron, incluso a pesar de la banalidad de su discurso, ve ahora que se ponen de perfil, a la vista de las predicciones. Hace tiempo que los Republicanos perdieron la identidad política, devorada por el trumpismo. Y parece que los Demócratas comienzan a despertar.
La política de ‘disengagement’ (desenganche) del gobierno Trump con respecto a las organizaciones mundiales, y su desprecio a las reglas que juzga emanadas de una Europa y una ONU para él demasiado garantistas y preocupadas por lo social, ha empeorado el estado del mundo. Y ha empeorado la calidad democrática de Estados Unidos, que no pocos estudiosos ven en grave peligro. Con gran ahínco, ese daño se ha intentado transmitir a Europa, porque Europa molesta al autoritarismo y al narcisismo de estos liderazgos. Un mundo post Trump no asegura nada de momento. Hay otros líderes en camino que podrían resultar igual de perniciosos, si no más, y Europa podría sufrir aún un grave deterioro en los próximos años.
En Nueva York quizás asistimos a un Trump crepuscular. Pero el daño ya está hecho. Allí se decía adiós en cierta forma al multilateralismo, herido de muerte por los nuevos defensores de las áreas de influencia y los acuerdos entre particulares. Las causas humanas, que son las de Naciones Unidas, bracean en medio de este mundo de hierro para no fenecer. Dicen que también pudo ser el último discurso de Pedro Sánchez en Nueva York. Allí estaba tal vez la última izquierda lamiéndose las heridas, aunque algunos, como Mamdani, el alcalde de NY, creciendo (entre los nuevos demócratas en la estela de Sanders). Dicen que está naciendo un socialismo norteamericano, impulsado por el aumento brutal de los precios. Es, quizás, el resultado de las erráticas decisiones del magnate, de la guerra con Irán, de las acciones del ICE. (De ahí proviene el desánimo de sus votantes).
Ver a Sánchez paseando por Central Park con Andy Burnham, o reuniéndose con Mamdani, tenía algo de escena navideña, puede que de final de ciclo, pero todo eso está por escribir. Mientras, Trump mostraba lo único que le interesa y para lo único que tiene ojos: la gran batalla comercial con China. Xi fue recibido en Maryland con alfombra roja y le fiesta en la Casa Blanca fue de las que ya no se recordaban. La diplomacia trumpiana de las malas maneras (recuerden aquella encerrona a Zelenski) se tornó blandita y dulzarrona con Xi, al que saludó, mimó y agasajó de mil maneras, ante la media sonrisa (si es que lo era) del oriental. O Xi, o nosotros, parecía decir. O los dos. Y el resto del mundo, casi inexistente.
Es la economía, los pasos comerciales (con los estrechos del planeta amenazados y el surgimiento de las nuevas vías entre los hielos), y, desde luego, la IA, lo que interesa ahora. Pero muchos ciudadanos regresan de pronto a lo doméstico, a la necesidad de vivir, y desprecian los juegos de la política y el vértigo electoral. Quieren que se les atienda. Por eso la vivienda es ahora mismo el asunto crucial. Aunque algunos quieran imponer la inmigración como el iceberg contra el que colisionar, para abrir la caja donde se encierran los miedos que puedan activar el voto por asociación con un peligro inminente, como el perro asociaba la campana con la comida en el experimento de Pavlov, lo cierto es que el desahucio de Maricarmen se ha convertido en la luz roja de la nueva indignación. Si es un nuevo 15M o no, no importa tanto. Y afecta a los gobiernos regionales y al gobierno central. Porque tiene que ver con la vida de la gente, con la posibilidad de sobrevivir. También tiene que ver con el despertar de la conciencia social, que parecía adormecida (lo cierto es que hay mucha gente buena y comprometida ahí fuera). Quizás es el primer intento de arrebatar ese banderín revolucionario que muchos jóvenes habían comprado en los últimos tiempos desesperados a la política populista y autoritaria. Quizás es el resurgir de algo que parecía estar herido de muerte.
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