No demasiado lejos de donde unos antidisturbios sacaron el otro día a una señora de 87 años de su casa, el día 5 de cada mes Benito abría la puerta del portal con la ilusión de un niño el día de Reyes. Desde el portal (de donde a veces tenía que apartar a algunos turistas) hasta el cuarto, con la excepción de un primero en el que vivía uno de sus hijos, le esperaba nada menos que la recolección del salario del mes. Cervantes, que había vivido y de hecho murió enfrente de ese portal, hubiese escrito seguro un magnífico libro sobre Benito, el dueño del edificio y por lo que pude saber en su día de alguno más en el centro de Madrid. Al parecer los había ido heredando y a pesar de lo que lucía, ampliamente pasado de peso (se notaba que las escaleras solo las subía una vez al mes, especialmente inhábil cuando algo se estropeaba en casa) y con un aspecto desaliñado, vivía desde hacía mucho tiempo de las rentas. Benito fue mi casero durante los dos años que viví en el Barrio de las Letras, no porque yo o mis otros tres compañeros de piso (un almeriense, un malagueño y un mallorquín, que suena bastante a chiste) estuviésemos especialmente interesados en hacerlo allí, sino porque más bien fue el único piso que encontramos donde poder meternos todos con cierta dignidad, una valoración de la que apartaremos que una de las habitaciones no tuviera más ventilación que una pared inacabada que daba al salón o que para acceder al único baño hubiese que pasar necesariamente por la cocina.
Pequeños detalles cuando a la decisión le precede una larga búsqueda llena de decepciones e incluso lo que se puede definir únicamente como una tomadura de pelo. Hace ya 15 años de aquello y aún duelen los 1.600 euros, 400 por habitación, que pagaban religiosamente nuestros desdichados padres, a los que nunca estaremos suficientemente agradecidos y que al menos con esos precios se ahorraban un dinero respecto a lo que pagaban porque viviésemos en un colegio mayor (aun siendo el más barato de Madrid). Con una rápida búsqueda, aparentemente por ese dinero hoy en día en el mismo barrio apenas se puede optar a un piso de 30 metros cuadrados y yo no puedo hacer otra cosa que pensar en Benito, o me imagino que ya en sus hijos, a los que me imagino que no les irá mal. Fuera de todo el ruido, el interés de unos y otros, las manipulaciones y las prisas, es más que evidente que en este país tenemos un problema grave que, lamentablemente, no tiene pinta de que se vaya a solucionar. No creo que se trate de elegir bando, pero a mí, si me preguntan, me voy a acabar poniendo siempre del lado de Maricarmen por encima de Benito.
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