Los emigrantes que huyen de África y Oriente Medio embarcados hacia una tierra europea de promisión, se superan cada día que pasa en terribles aventuras trágico-marítimas. Abandonan los hogares que les vieron nacer por causa de guerras políticas o religiosas o porque las ubres de sus madres-patrias están secas: Siria, Senegal, Guinea, Libia, Mauritania, Malí, Sudán, Costa de Marfil, Nigeria, etc. Tanta necesidad se agolpa en el costado de estas pobres gentes, que malvenden las escasas pertenencias, invierten todos sus ahorros en el bolsillo de las mafias y se juegan la vida apretujados en débiles barquichuelos surcando aguas mediterráneas por ellos nunca antes navegadas. Ansían, simplemente, salvar la vida o el modesto puesto de trabajo que otros no quieren. Los últimos casos conocidos contados por los supervivientes son espeluznantes: el ansioso infeliz que se ahoga justo a pocos metros escasos de la arena de la playa, después de semanas bajo azul de cielo y agua; o el que sobrevive vomitando y royendo la madera de la embarcación, tras haber dejado pasto de los peces a todos sus compañeros muertos de la embarcación. Suenan y resuenan aún en nuestros oídos los gritos angustiosos de quien providencialmente se topa con un guardacostas en aguas del Mediterráneo y pide misericordiosamente: «¡Otra vez a África no, por favor!». Y ya, para rizar el rizo podrido de la emigración, aquel que ha llegado y consigue feliz el precario empleo que el europeo no quiere, recibe la paliza del salvaje racista que le deja para siempre en una silla de ruedas.
¡Qué tiempos aquellos donde era el europeo el que se aventuraba, también en frágiles embarcaciones, en la dirección opuesta! Partían también en busca de fortuna bordeando la costa africana a la conquista de fama, nuevas tierras, plata, oro, especias, o propagación de la fe católica, que de todo había en la viña del Señor. Las historias no eran menos terribles y conmovedoras que las actuales.
No tenemos que hundirnos tan profundamente en el tiempo y alejados del espacio para percibir el drama de los africanos. Suelo ir de vez en cuando al mercado de los martes. Por esta vez compro poca cosa: un par de lechugas, acelgas, espinacas y alguna fruta. De retirada, un inconmensurable negro, oscuro como un enigma y reluciente como la brea, incita con mirada bovina hacia un sembrado de fundas extendidas a sus pies sobre una manta raída. Contienen CD y DVD con las músicas y películas del momento: «Una, 4 euros; dos, 7; tres, 10», dicho en afro-español entendible. Dudo, pero finalmente decido llevarme tres. Seguramente no le llene el estómago, pero ayuda. Con una mano sostengo las bolsas y los discos, mientras empleo la otra para extraer los euros de la cartera, cuando oigo un ruido extraño a mis pies. Elevo la mirada y una manta vuela por el aire. El negro ya la tiene sobre el hombro al tiempo que escapa como un cohete. Le pierdo de vista en escasos segundos entre puestos de fruta, hortalizas, calzado y ropa interior de señora a 3 euros. Un policía vestido de negro y peto amarillo le persigue dejando un rastro de insultos. Quedo desconcertado sin saber qué hacer, sosteniendo las verduras y los discos en una mano, el dinero en la otra y una sensación de culpa en el alma. Hasta que alguien me saca de mis rubores de conciencia: «Lo que ha hecho usted es fomentar la piratería». Por suerte, el interlocutor no es policía, sino probablemente un probo ciudadano para quien la piratería en este perro mundo, después de los filibusteros se reduce a miserables transfretanos, tal vez rescatados de alguna no menos miserable patera o cayuco, con la dificultosa misión de sobrevivir. Estuve por replicarle, si no habría que premiar a los africanos por la propaganda del producto cinematográfico o musical, frente al negocio restringido con apariencia de legalidad, que paga una miseria al autor y vende el producto diez veces más de lo que vale. Pero de eso me callé. Lo que sí le dije, es que la piratería que a mí me da verdadero miedo es la que se hace con los dineros públicos, como los que se dan generosamente a las empresas nacionales o multinacionales para que recalen por aquí. Se evita con ello dejar al personal en la calle y al gobierno en la necesidad de tirar de otra parte del presupuesto. Cuando los resultados ya no son satisfactorios, los piratas levantan el campamento, largan velas y singlan las naves en busca de botín a otros lugares de promisión. Empleados y obreros se quedan entonces en la calle y, el gobierno, a socializar las pérdidas.
Di varias vueltas por la plaza por si regresaba la torre de ébano. No apareció. Metí las tres fundas en la bolsa de las hortalizas y me fui a casa con la esperanza de que al doblar cualquier esquina surgiese el pobre diablo que tan amargo sabor me había dejado en las papilas de la conciencia. Pero, para mi desgracia, no lo he vuelto a ver. Los negros son todos iguales. Un conocido, que para mayor guasa se apellida Blanco, ha propuesto que el mejor modo de ubicar a los africanos en España es repoblar con ellos la árida comarca aragonesa de Los Monegros.
Las películas escogidas eran, en teoría, según la funda que las contenía: Trece rosas rojas, Elizabeth y Piratas del Caribe. Me senté como un buen burgués en la butaca después del almuerzo dispuesto a visionar la primera de las tres. Un desastre. En vez de trece rosas había una infumable ‘morcilla’ mejicana, o venezolana, desde las primeras imágenes. Metí la segunda en el reproductor de DVD y, en vez de la reina virgen inglesa, la cinta comenzó a desvelar imágenes de María Antonieta, esto es, la decapitada reina de Francia de origen austriaco. Introduje, por último y ya con un monumental cabreo y no menor recelo, Piratas del Caribe. Desistí al minuto. Su pésimo estado de visión no permitía distinguir en la imagen los varones de las hembras y las voces de los ecos. Me remordió de nuevo la conciencia. Pero esta vez me prometí a mí mismo no volver a fomentar la piratería, aunque, con seguridad, las negros transfretanos no tenían ninguna culpa. Ni tampoco que les llamen ‘de color’. Es más propio de blancos, pues el negro es negro desde que nace hasta que muere. En cambio, el blanco nace rosado, y a medida que crece se vuelve blanco; y si le da el sol, miente o le da un ataque de ira se pone rojo; amarillea con la enfermedad y, cuando muere, coge un tono gris. ¿Cuál, entonces de los dos, es de color?
Mare nostrum, negra suerte
21/06/2015
Actualizado a
15/09/2019
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