Cada mes de febrero, la revista Castilla y León Económica publica un informe que es oro puro. El listado completo de las 5.000 mayores empresas de la comunidad, con su facturación, su plantilla y su domicilio social, página a página. Es uno de los retratos más fiables y exhaustivos que tenemos del músculo productivo autonómico, y conviene decirlo antes de usarlo. El trabajo de quienes lo elaboran, año tras año, merece reconocimiento. Gracias.
Con ese material en la mesa, y aprovechando el final del curso económico antes del parón estival, he querido ir un paso más allá del simple listado. Cruzando esos datos con población y paro del INE, la pregunta deja de ser quién factura más para convertirse en otra más interesante. Qué provincia tiene, de verdad, el tejido empresarial más sano.
La fotografía agregada empieza por lo esperable. Castilla y León factura, solo entre estas 5.000 compañías, más de 78.000 millones de euros y sostiene cerca de 250.000 empleos directos. Pero el dato que de verdad importa no es la cifra total, sino su forma. Casi 7 de cada 10 empresas facturan entre 2 y 50 millones, mientras apenas un 4% supera esa barrera. Es la estructura típica de cualquier economía regional madura, muchas pequeñas empresas sosteniendo el día a día y pocas grandes marcando el rumbo.
Valladolid y Burgos concentran 6 de cada 10 euros facturados en la comunidad, con la automoción como columna vertebral de ambas. Tampoco es noticia, lleva siendo así una generación. Lo que sí merece atención es que ese liderazgo en volumen no equivale automáticamente a mejor salud empresarial, y ahí prefiero no detenerme en empresas concretas. El dato agregado por provincia es robusto, individualizar siempre deja más margen de error del que uno querría firmar en una columna de opinión que quedará «negro sobre blanco».
Para medir esa salud empresarial me he permitido «jugar» con las cifras empresariales y macroeconómicas para, con apoyo de herramientas de análisis de datos, «fabricar» un indicador propio que no existe en ningún organismo oficial. El «índice de salud empresarial». No tiene validez académica contrastada, es una herramienta razonable pero discutible, y la presento como tal. Combina cuatro variables normalizadas estadísticamente para hacerlas comparables: densidad empresarial, facturación por habitante, tasa de paro y tamaño medio de empresa, cada una con el mismo peso. La elección de estas cuatro variables, y no otras, es mía, no una ley económica. El resultado es plausible, no categórico, y aun así cuenta algo que el ranking bruto no cuenta.
Burgos encabeza la clasificación según este índice propio. No es la provincia que más factura, pero combina densidad empresarial alta, paro contenido y un tejido que no depende de un solo gigante. Le sigue Valladolid, previsible por tamaño, y después llega la sorpresa. Segovia, sin grandes tractores industriales, escala al tercer puesto gracias a la tasa de paro más baja de la comunidad y la mayor densidad de empresas por habitante. El dato desmonta, una vez más, la idea de que más población garantiza mejor economía.
Y aquí toca mirar hacia casa. León es la segunda provincia más poblada de la comunidad, con 449.000 habitantes, pero ese peso demográfico no se traduce en un tejido empresarial equivalente. El análisis de los datos desvela una realidad muy clara. Nuestro talón de Aquiles no es el empleo, donde resistimos razonablemente bien en la media autonómica, sino una preocupante falta de densidad y masa empresarial. Tenemos, de hecho, la densidad de empresas más baja de Castilla y León: apenas 1,38 firmas del ranking por cada mil habitantes frente a las 2,5 de Burgos, y una facturación por habitante de 14.300 euros frente a los más de 50.000 burgaleses. Hay, sin embargo, un matiz que pocas veces se cuenta. Si en lugar de la media miramos la mediana (la empresa que queda justo en el centro de cada ranking provincial), la facturación de la empresa leonesa típica (2,87 millones de euros), la burgalesa (3,04 millones) y la vallisoletana (3,13 millones) están prácticamente pegadas. La empresa leonesa típica no es peor que la burgalesa o la vallisoletana. Lo que separa a las provincias no es la calidad media del tejido, es la presencia de un puñado de grandes compañías que tiran de la media hacia arriba sin alterar esa base. León no tiene ese proyecto tractor. Tiene, en cambio, un tejido repartido entre compañías medianas de sectores diversos como el farmacéutico, el vidrio, la maquinaria eólica, el agroalimentario… sin depender de una sola apuesta.
Eso es una fortaleza defensiva y una debilidad ofensiva al mismo tiempo. Defensiva porque diversificación significa menos vulnerabilidad ante posibles crisis de un sector concreto. Ofensiva porque sin un proyecto de escala que empuje la media hacia arriba, León crecerá siempre al ritmo de la suma de sus medianas, nunca a la velocidad que imprime un gran motor industrial.
La tarea para el curso que viene no es esperar a que ese proyecto tractor aparezca solo. Es atraer capital, público y privado, dispuesto a apostar por sectores concretos donde León ya tiene base, y convertir uno de esos negocios medianos en el siguiente gigante regional.
El dato de este año dice que aún no lo hemos conseguido. No dice que sea imposible, dice dónde hay que poner el foco.Buen verano a todos. Nos reencontramos en septiembre.