En diecisiete meses Manuel consiguió muchas cosas, muchas más que otras largas y fructíferas vidas que se apagan de viejas. Fue ejemplo del amor incondicional e incansable de unos padres rebeldes y generosos. El amor de verdad existe y es eterno. Fue evidencia de que todavía nos queda solidaridad en la sociedad del odio y que hay historias mínimas capaces de movilizar a miles. Su lucha repara esa fe quebradiza en los otros. Pero lo más importante es que paradójicamente Manuel es la esperanza. Su trágica historia permite quitar el calificativo de ‘desconocido’ al despiadado cáncer rabdoide que será investigado con la recaudación de esa tierna mirada ilusionante que ha llenado artículos y entrevistas durante meses. A las enfermedades raras borrarles el apellido es recorrer la mitad del camino. Usted, por leer estas líneas, ya es otro cómplice involuntario. Es posible que en unos años otros niños se curen gracias a Manuel. Un legado que no consuela pero reconforta. Ojalá sea uno de cada dos millones. Por eso su sonrisa luminosa, tan injustamente truncada, también escondía el futuro.
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