Imagen Marina Díez

Manual básico para ser de derechas y feminista

24/10/2026
 Actualizado a 24/10/2026
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En España existe una creencia muy extendida: que el feminismo es cosa de izquierdas. De pancarta, de asamblea, de consigna. Algo incompatible –dicen– con amar la familia, el orden, el esfuerzo individual y la estabilidad. Como si cuidar, proteger y garantizar una vida digna fueran valores exclusivos de un lado del hemiciclo.

Sin embargo, si afinamos un poco la mirada, resulta que ser feminista y de derechas no solo es posible: es bastante coherente, aunque no siempre se quiera admitir.

Empecemos por la familia, ese gran tótem nacional. Si de verdad defendemos la familia como núcleo fundamental de la sociedad, habría que empezar por una pregunta incómoda: ¿qué tipo de familia queremos proteger? ¿La que funciona de cara a la galería o la que garantiza seguridad, cuidado y bienestar a quienes viven dentro?

Porque no hay nada más antifamiliar que normalizar el miedo dentro del hogar. Y no hay nada menos conservador que permitir que la violencia se reproduzca generación tras generación por no «meterse en líos».

Defender a las mujeres y a las niñas y niños frente a la violencia no destruye la familia: la preserva. O, al menos, preserva lo único que debería importar de ella.

Sigamos con el mérito y la responsabilidad individual, valores muy apreciados desde posiciones conservadoras. Aquí el feminismo también tiene algo que decir. Si creemos de verdad en la responsabilidad personal, habrá que aceptar que nadie «pierde el control» por culpa de otra persona. Que nadie agrede porque le provocan. Que nadie ejerce violencia porque «le llevan al límite».

Asumir que los actos tienen consecuencias no es una consigna de izquierdas. Es un principio básico de cualquier sociedad que se tome en serio a sí misma.

Hablemos ahora de orden y seguridad. Pocas cosas generan más inseguridad que una mujer que vive con miedo, o que una niña o un niño que duerme mal porque algo en su casa no va bien. Pocas cosas desestabilizan más que la violencia cotidiana normalizada, esa que no sale en las estadísticas hasta que es demasiado tarde.

Garantizar que los hogares sean espacios seguros no es ingeniería social. Es política de seguridad básica.

Y llegamos al punto más delicado: la paternidad. Defender el derecho de un padre a ser padre está muy bien. Defenderlo a cualquier precio, no. Porque ningún derecho adulto puede sostenerse sobre el miedo de una criatura. Eso no es ideología feminista: es sentido común.

De hecho, si algo debería preocupar a quien se define como conservador es la transmisión de valores. Y no hay peor herencia que enseñar que el poder se ejerce mediante el miedo, el control o el silencio. Eso no conserva nada: degrada.

Quizá el problema no sea que el feminismo sea incompatible con la derecha. Quizá el problema es que nos hemos acostumbrado a llamar «tradicional» a demasiadas cosas que son, simplemente, injustas.

Porque cuidar, proteger, responsabilizarse de los propios actos y garantizar la seguridad de la infancia no debería ser patrimonio de ninguna ideología. Debería ser el mínimo común.

Así que sí: se puede ser de derechas y feminista.

Lo difícil no es conciliar ambas cosas.

Lo difícil es aceptar que algunas tradiciones no merecen conservarse.

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