Un mantel para volver a casa

01/09/2026
 Actualizado a 01/09/2026
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Comenzamos a mojarnos. No como metáfora, que ahí se cae todo el argumento. Nos mojamos en agosto porque el cielo regala llanto. Y tampoco es metáfora si miramos a un sueño convertido en pesadilla en el centro de las montañas más altas del mundo. O, más cerca, a la riada en los pueblos de la Tebaida, al movimiento sísmico en Balboa o a los incendios que azotaron julio.

Vivimos a expensas de la sorpresa, siempre mala, cruzando los dedos como si todo fuese culpa de un mal presagio o de un mal de ojo que no se va ni quemando palo santo. Algo habremos hecho para que el infierno se acerque tanto. O no. Yo qué sé. El caso es que el eclipse no se nos llevó por delante y vamos salvando los muebles, sorteando cada curva que nos pone el trazado de la vida. Pero bandeamos de un lado a otro, algo despistados, mucho más perdidos. Solo nos centra encontrarnos. Y tal vez ese sea un mensaje que ya hemos aprendido. La mesa en fiestas nos devuelve a casa. A ese mantel infinito que soportaba el marisco como nadie. A esa casa de abuelos vestidos de domingo que solo viajaban a Ponferrada el día de La Encina. A las propinas a escondidas para soportar el peso de tanto gasto en cosas que dan vueltas hasta dejarte cao. Casa es volver a ver la fiesta en el espejo de criatura y no en esa evolución viejuna que pide siesta después del licor café. Yo quiero soñar con esa Encina de hogar que va descabalgando jinetes y dejando un poso de nostalgia que duele. Quiero que agosto no acabe en llanto, aunque se permita la rebequina en las noches de celebración, por aquello de que en La Encina el invierno se nos viene encima. Los bercianos somos unos grandes afortunados por cerrar el verano a lo grande, vestidos de fiesta antes de comenzar lo que nunca acaba: otro año de bienes.

Así que la lluvia no está mal cuando presagia fiesta. Igual hasta es bendita. Este año, además, la basílica cumple 68 años y acoge un museo que tal vez esperaba desde el día en que fue consagrada. Último tirón de agosto. Se escribe con tragedias en la mochila y con ese bautismo que deja la lluvia cuando algo nuevo está a punto de comenzar. Algo mejor, quizá.

Es cuestión de saber avanzar. Caminemos.
 

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