01/11/2026
 Actualizado a 01/11/2026
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De nuevo un mapa, un nombre y una ubicación. Urda también existe, aunque solo hayamos visto sus vías muertas en ese punto en el que nada vive. Hay que salir de ahí, campo a través, hasta encontrar un lugar amable donde ubicarlo, para poder escribir respirando. Ahí está, situado en las faldas de la Sierra de la Calderina, a caballo entre montes toledanos y llanuras manchegas, regado por el río Amarguillo, con un precioso trayecto cuajado de monasterios, ermitas y santuarios. Ahora sí. Que se paren todos los relojes y que no canten los gallos. Que no ladren los perros ni reciten los poetas. Que se callen los pianos y no recen las madres. Que no batan huevos las abuelas y aquel pájaro frene en seco el silbido de su vuelo. Que nada se mueva, ni siquiera el aire, para que se oigan las campanas de esos santuarios, ermitas y monasterios que acompañan al río Amarguillo.  Que repiquen todas al mismo tiempo, como si fueran un solo tañido, capaz de cubrir ese terrible silencio del que todos los testigos hablan, siempre precedido de un ruido tan ensordecedor que no se oye, justo cuando la vida pasa a llamarse muerte.

Un 11M quedó prohibido morir a las 7:36 de cualquier amanecer de un jueves, en Madrid. Y quedó prohibido morir cualquier tarde de domingo, de cualquier enero, y menos aún, en un descampado, sobre una vía de Adamuz. Es agotador repetir la misma orden para un miércoles de octubre, a la hora en que se desperezan los días, sobre Urda.  Ya no quedan palabras para contar la misma historia, sin repetirse. De nuevo, la vida y la muerte anudándose en un amasijo en el que nada es nadie y nadie sabe quién es. 

Un instante en el que la vida grita, se derrama y de repente, calla. Y todos los que van, regresan diciendo el miedo que se siente cuando el silencio guarda silencio sobre un terreno que no aparecía en los billetes como parada, ni origen, ni destino de ningún pasajero.

Recuerdo que en Adamuz, una niña de 6 años jugó al escondite con la muerte y ganó. Tuvo que quitarse el abrigo y los zapatos porque la enganchaban a algún sitio y se escapó gateando por un agujero que daba a la vida. La encontraron deambulando sola por las vías y se habló de ella en todas las televisiones. Esta vez, el color verde ha sido una joven, única superviviente del maldito vagón número 8. Tiene los ojos claros y la vida viva. Así lo cuenta Salvador, miembro de la Unidad de Seguridad Ciudadana de Toledo, tras entrar en el infierno, o lo que es lo mismo, en el vagón 8, volcado al final del terraplén. «Solo había silencio en ese vagón, hasta que escuchamos a una chica pidiendo ayuda, pero no la veíamos… tras un buen rato conseguimos ver su mano. La agarramos y no la soltamos…» Y cuenta, emocionado, cómo conversaban agarrados de la mano, mientras liberaban sus miembros hasta que pudo ver su cara y sus ojos claros. «La sacamos con vida y hablando». La niña de Adamuz y la joven de Urda representan a todos y cada uno de los supervivientes y apetece abrazarlos uno a uno, hasta exprimir lo que han visto y oído, hasta dejarles los ojos y oídos limpios, para que puedan dormir de nuevo, sin que los fantasmas aniden en las esquinas de sus cuartos. 

Otra vez, hay que coger hilo de seda y aguja sin punta. Otra vez, hay que andar de puntillas, apenas rozar las palabras y seleccionar las más blandas, no vayan a hacer daño. Esta vez nadie rompió una madrugada con metralla como canta Marwan, ni el tren tropezó en la vía. Esta vez, la muerte alcanzó a la vida por haber parado en su camino. Es la metáfora de un mundo que se mueve a velocidad de vértigo, donde parar es correr el riesgo de que te alcancen y atropellen. No hay tiempo para frenar y preguntar al viajero de enfrente de dónde viene y adónde va. Si tiene padres o tiene hijos. Si le esperan al llegar o alguien le hizo la maleta y le mandó marchar. Y por qué vamos en el mismo tren, si yo vengo y tú vas. Nunca llegaron a saber que sus vidas compartieron destino para siempre y, esta mañana, mezcladas con los rezos, las campanas de la comarca repicaron por ellos. Por sus vidas, eternamente pegadas a aquella tierra, y por sus muertes, tan dolorosas como inútiles. 

Cómo puede doler tanto lo que no conoces y encoger a un país, sin espacio para tanto duelo. Cómo consolar a los vivos.  

Cómo rescatar a Tamara y Marta, las jóvenes científicas leonesas que, viviendo en distintos países, un Congreso unió en el vagón número 8, como si un azar caprichoso quisiera que su origen y destino fuesen el mismo. Actualizadas las noticias, debo regresar al principio y pedir silencio a los perros y a los pájaros. Que no haya gritos ni llantos. Pero ahora, que suenen los pianos y una orquesta invisible inunde el valle toledano y manchego, acompañando a las campanas, que ha muerto María Manchado y la música no encuentra consuelo.  

Una joven se queja y una mano se mueve, anunciando vida donde todo está muerto. Un hombre se aferra a ella y no la suelta. Dice que tiene los ojos claros y la vida viva… Un abrazo a quien pueda necesitarlo.
 

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