Volviendo a lo de las manifestaciones, parece increíble las que se han celebrado en España a partir de aquella famosa del 8 de marzo del 2020, la que inauguró la pandemia de Covid con toda su crudeza en el país. Se han convocado miles de ellas, organizadas por gente de toda laya y condición: desde las de los agricultores cabreados, con toda la razón, hasta la de los pensionistas, pasando por las de los maderos, las de los sindicatos minoritarios (porque, me daréis la razón, la UGT y los de Comisiones Obreras sólo salen a pasear el 1 de mayo. El resto de tiempo están más quietos que el Tejo de San Cristóbal), las de las doñas que protestan contra los hombres, (¡otra vez!), las de los que odian a Putin o las de los profesores de historia que están en contra de lo que el poder hace con la historia... Desengañaos..., ninguna sirve para nada. Los que de verdad mandan en el mundo, el Ibex y sus equivalentes en otros países, el complejo militar-industrial, las multinacionales, pasan de todos sin inmutarse. Tienen tomada las decisiones a pesar de lo que hagamos. Sí, de vez en cuando, nos sueltan algunas migajas para que callemos y nos sintamos mejor, para que olvidemos que nuestra vida es una mierda y que a ellos les trae sin cuidado. Desde la década de los ochenta del pasado siglo, esta gente no ha hecho más que recortar todos nuestros derechos; da lo mismo que el gobierno sea de derechas o de izquierdas, no pintan nada y sólo son «La Voz de su Amo». Incluso los medios ‘progresistas’ (el País, sobre todo), hasta alaban y cuentan las bondades de vivir compartiendo piso con unos desconocidos. Asumimos que cobrando mil o mil quinientos euros, nuestros hijos no pueden acceder a uno individual, sobre todo en las grandes ciudades como Madrid o Barcelona, aunque también puede ocurrir en León, en Oviedo o en Segovia. Si admitimos esto, estamos asumiendo que vivimos en una sociedad precaria, donde cosas tan esenciales como la sanidad o la educación pasan a un nivel inalcanzable para la mayoría de nosotros. Es mucho más importante subir el gasto de Defensa o de los maderos y los picoletos que garantizar las pensiones o abaratar la subida descontrolada de la luz, la gasolina o la barra de pan. Estos son signos evidentes de que nuestra sociedad está muy enferma, de que nosotros estamos muy enfermos. Hoy es mucho más prioritario tener acceso a Internet que poder comprar un kilo de carne de ternera. Al final, el tontalán ese del Ministro de consumo, se va a salir con la suya. Nos haremos vegetarianos, aunque tampoco. ¡A buen precio está el kilo de calabacín! Salud y anarquía.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.