No pasa un día en que no tengamos conocimiento de alguna novedad respecto a los escándalos de corrupción que salpican a los políticos hasta sumergirlos en una ciénaga y cubrirlos de lodo, haciéndolos a todos iguales a efectos prácticos, sean del partido que sean.
También les iguala la reacción al verse en tal situación. En lugar de tratar de salir y limpiarse se dedican a enterrar a los adversarios echándoles más barro encima o a tirar de la cuerda para que otros caigan con ellos. No sabemos si lo hacen por rivalidad, por exceso de ego o por aquello de que mal de muchos, consuelo es.
En realidad, llegados a este punto y una vez perdido todo atisbo de dignidad, resultan indiferentes sus motivaciones.
Los medios de comunicación también entran en este juego que ya apesta. La información que hacen pública resulta poco fiable, cada uno la ofrece desde la perspectiva del mejor postor.
Seguro que más de uno nos hemos preguntado en alguna ocasión cuántas cosas de lo que nos cuentan no se ajustarán a la realidad o serán innecesarias y cuántas verdades que deberíamos conocer quedarán sin contar.
Todo esto ya no nos pilla por sorpresa, sin apenas darnos cuenta hemos ido normalizando que nos roben y nos mientan, como si fuesen dos de las funciones inherentes a los cargos políticos. Aunque no conviene generalizar y manchar el nombre de los honrados, que haberlos, haylos.
Nos hemos adaptado a masticar y tragar con las subidas de precios, con pagar por casi todo para no ver invertido ese dinero en lo que tendría que estarlo y con un sinfín de injusticias más que no voy a enumerar porque se me queda corto el espacio. Y además porque, como sucede con los alimentos, especialmente los que tienen grasa que con el paso del tiempo pierden su buen sabor, todo esto huele y sabe a rancio.
La inmensa mayoría de las personas con las que se habla sienten malestar e indignación con la actualidad, como si existiese otra ciénaga aparte para el resto de los mortales. Mal de muchos, consuelo de tontos.