juan-pablo-garcia-valades-3.jpg

Maíz, el 3% que León regala

06/02/2026
 Actualizado a 06/02/2026
Guardar

En el análisis financiero, existe una diferencia sustancial entre la facturación y la creación de valor. Mientras León celebra cada año sus récords de cosecha de maíz, la realidad de los números muestra una oportunidad perdida. Si analizamos la cadena de valor del cereal bajo la lupa de la integración vertical, descubrimos que lo que hoy sale de nuestra provincia en camiones no es solo grano, sino una parte fundamental de nuestra prosperidad potencial.

Para cuantificar este impacto, debemos acudir a la aritmética de la economía industrial. Si tomamos como referencia una producción media de maíz en León de 900.000 toneladas y un precio de mercado en lonja sobre los 220 €/toneladas, el valor de la producción primaria se sitúa en unos 200 millones de euros, representando el ‘suelo’ de nuestra riqueza maicera. Sin embargo, la aplicación de modelos de impacto industrial bajo la teoría del multiplicador de valor añadido sugiere que, en una economía integrada (desde el campo a la comercialización del producto final), el retorno total para el territorio se multiplica por 2,5.

La potencia económica si procesáramos localmente ese «oro amarillo» sería significativa. La brecha entre ambos escenarios es de casi 300 millones de euros anuales. Para poner esta cifra en perspectiva, el Producto Interior Bruto de la provincia de León se sitúa en el entorno de los 11.200 millones de euros. Estamos hablando de que la falta de una industria de transformación vertical del maíz nos priva, de forma recurrente, de un crecimiento directo del 3% del PIB provincial. Es, literalmente, uno de los empujones que León necesita para salir del estancamiento.

Esta «fuga de valor» no es sobrevenida, sino una decisión estratégica de asignación de capital. Cuando observamos el éxito de enseñas como Somos Hijolusa (con una facturación de 244 millones), Embutidos Rodríguez (superando los 350 millones), Lactiber (con una facturación de 155 M€) o el Grupo Oblanca (con una facturación de 120 M€), vemos que su fortaleza no reside solo en la materia prima que compran, sino en la capacidad industrial para multiplicar su valor antes de que cruce los límites de la provincia. El modelo de estas empresas, junto al rigor de Legumbres Luengo, La Asturiana o Penelas, debería ser el espejo donde se mire el sector del cereal.

La integración vertical, desde el secadero hasta la planta de bioproductos o piensos de alta gama, no solo retendría esos 300 millones de euros, generaría un ecosistema de servicios avanzados, ingeniería y logística que hoy regalamos a otras regiones. El capital leonés, tradicionalmente conservador y refugiado en activos de baja rentabilidad, tiene ante sí el proyecto de inversión más sólido de la década. Transformar el liderazgo en producción en un liderazgo en margen.

León no necesita más hectáreas de maíz, necesita más fábricas que lo entiendan. El 3% de nuestro PIB nos está esperando en el surco, pero solo lo recogeremos cuando el ahorro local se atreva a convertirse en capital industrial.

Lo más leído