A la luz del cigarro

10/01/2026
 Actualizado a 10/01/2026
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No hay lugar de origen en las fechas navideñas, pues las fronteras se diluyen entre excesos y derroches. La iluminación parece conducir al viandante a un único destino: el hogar. Y, aunque cada uno a cada cual, las diferencias no se presentan notables por tratarse esa ‘vuelta a casa’ y esas reuniones anuales de unas costumbres tan adheridas y extendidas que hacen de la Tierra una esfera perfecta sin relieve ni detalle; un punto de luz abrumador que destila grasas, alcoholes etílicos y colesterol en la plena inmensidad del universo.

Lo único que hace recobrar la cordura tras tal enajenación es abrir el periódico un 7 de enero y encontrar en la misma página las advertencias sobre las zonas de la provincia que se encuentran en peligro de desertificación y sobre los municipios que podrían correr el riesgo de inundaciones. Una página paradójica que refleja con dos titulares las dicotomías de estos lares y de este mundo en general. Que, además, hace regresar al lector en un instante a ese lugar que abarca parte importante de la extensión territorial de la denominadísima España vaciada: León.

¿Cuántas veces la que con tanto cariño mentamos «tierrina» es motivo de preocupación en esas cenas navideñas? ¿Cuántas veces se debate en las reuniones de amigos sobre la importancia de las elecciones autonómicas venideras para el futuro de esta región? ¿Cuánto nos empeñamos en sabernos al dedillo la historia de Venezuela, el itinerario exacto de los petroleros incautados y los vaivenes delirantes de la política internacional sin ni siquiera conocer en qué año se fundó nuestra ciudad, los siglos entre los que fueron construidas sus murallas o, simplemente, la distinción entre la romana y la medieval? ¿Por qué a algunos de mis colegas vascos les resultaba mucho más sencillo ubicar el estado de Nueva York que la provincia leonesa en el mapa? ¿Por qué yo misma sé a ciencia cierta que a Florida se la llama el «estado del sol», pero no puedo responder correctamente casi ninguna de las cucerías de Cantón?

Del lugar de origen nos olvidamos no sólo en Navidad, paseando entre franquicias que han dejado atrás los negocios tradicionales y vestidos con ropajes que firman marcas excéntricas del otro lado del Atlántico, sino todo el año, a merced de la interesada globalización. Por eso, ya que me es imposible creer en Dios y no confío demasiado en la seudociencia que redacta mi carta astral, si he de creer en algo es en el poder de la prensa local como reducto impenetrable de mi origen; como salvaguarda de las cuestiones que deben importarme en esta realidad. Como el emblema de una zona con la forma de un suplemento dominical que huele a tierra y resuena a canciones populares, porque aunque a la luz del cigarro ya no vamos al molino, y sin que ni yo ni muchos creamos en Dios, a la Virgen del Carmen seguimos pidiendo salud y dinero. No sé si ha sido ella la que, en lugar de un marido fumador y borracho, nos ha concedido una Europa pusilánime, unos líderes globales de ímpetu imperialista y aspiración faraónica y un León cuyos rugidos no se escuchan en un mundo que parece resumirse en Estados Unidos y Donald Trump.

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