15/11/2025
 Actualizado a 16/11/2025
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En bucle. Así estamos Mario y yo desde que apareció Rosalía cantando ‘Berhaim’. Mario es para mí alumno, amigo, cómplice, hijo adoptivo y pianista brillante. Un alma de luz. Esperamos juntos el alumbramiento del álbum completo descontando minutos y segundos, ya impresionados con la fuerza del primer sencillo y pudimos comprobar que el resto del disco de Rosalía no decepcionaba, canción a canción la emoción se había transformado en un crescendo imparable propio de una obra maestra del siglo XXI.

Puede parecer desmesurado dedicar una columna a este estreno musical, pero no todos los días alguien paraliza el mundo con su voz y nos regala una explosión de sonido que no esperábamos y que cambia el panorama musical por completo. Si hacer arte consiste en emocionar, escuchen a Rosalía en ese fado titulado ‘Memoria’ y verán que ni Mario ni yo exageramos un ápice. Te eriza la piel, hace brotar lágrimas que llevaban años escondidas. La instrumentación acústica, la voz lírica, los textos, todo en Lux es sublime. Rosalía no ha hecho el álbum que su público esperaba, ha entregado al mundo la joya que necesitaba, la que ella quería crear frente a un panorama mediocre de reguetón vomitivo y pop descafeinado y predecible.

Lux nos demuestra que la música académica sigue viva, solo necesitaba que alguien le tendiera un puente y gracias a ‘Berhaim’ esta semana han crecido exponencialmente en internet las reproducciones de Mozart, Vivaldi, Bach y otros clásicos.  Además, prueba que quien persevera, suda y no escatima tiempo y esfuerzo en prepararse y aprender, quien apuesta a lo grande y arriesga todo lo que posee, gana.

También es loable que Rosalía no haya tenido prejuicios en mostrar su religiosidad sin complejos, su compromiso es con la música y con Dios, mensaje que muchos jóvenes comparten como reacción al laicismo imperante. Algo tiene que llenar nuestros vacíos. Mejor que sea esa lux que ilumina, su destello radiante.

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