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La lupita de Instagram

11/02/2026
 Actualizado a 11/02/2026
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La lupita de Instagram sabe más de cada cual que uno mismo. Su casi infalible algoritmo sugiere continuamente publicaciones de tu ideología, tu equipo de fútbol o del viaje que planeas para el verano. Por ejemplo, la lupa en esta red social de un leonés estándar incluiría un ‘reel’ con subtítulos de alguna de las ‘instagramers de la tierrina’ que, con voz afligida, posan ante la cámara repartiendo insulsos consejos de amor mientras alimentan su ego y su perfil a base de ‘likes’. También algún vídeo de un ‘gastroinfluencer’ gorroneando hamburguesas en un nuevo local de la plaza de La Bicha y repitiendo a cada mordisco, con la boca llena, el adjetivo «brutal» o las fotos del político provinciano de turno que, retratado por su creciente séquito de periodistas, visita una residencia de ancianos, una explotación ganadera o esas obras que, casualidades, comienzan justo cuatro años después de cuando las prometió. Ay, ay-ay, Lupita.

De esta lupita, de nosotros mismos, es de lo que pretende proteger la medida anunciada de prohibir a los menores de 16 años el acceso a las redes sociales. Entrenado para prolongar el tiempo de consumo, el algoritmo de Instagram o de TikTok lleva años favoreciendo la desinformación, los discursos de odio y la distorsión histórica en niños y adolescentes sin que nadie haga lo más mínimo al respecto. Probablemente, por el hecho incontestable de que los adultos también nos veamos arrastrados por esa misma deriva digital.

La influencia nociva de fantasmas con el secreto de hacerse millonario invirtiendo en ‘bitcoins’, de un ‘scroll’ infinito de cuerpos irreales o de retos virales que animan a cagar en una piscina son argumentos de sobra para justificar la medida. Un móvil en la palma de la mano supera las posibilidades de un millón de bibliotecas de Alejandría, pero no es menos cierto que los humanos nos hemos convertido una vez más en criaturas de nuestra propia creación.

A menudo las prohibiciones dejan efectos inversos a lo que se pretenden conseguir. La prostitución o las drogas son ejemplos de ello y las redes sociales tienen un poco de ambas. En todo caso, la pertinencia de esta medida reside en que se dirige a menores de edad. El experimento social al que esos niños y adolescentes se han visto sometidos solo dejará certezas pasadas unas décadas; pero creo que esta vez, y quizá sea la mayor de las noticias, el Gobierno acierta. Y lo hace no tanto al actuar ante unos supuestos riesgos apocalípticos asociados a las redes sociales como por el concepto revolucionario que en estos tiempos supone echar el freno. Parar ante la jugada 37, evaluar hacia dónde nos lleva el algoritmo.

Es más, siguen faltando muchas medidas, como la de que el civismo que se presupone en la calle tenga los mismos niveles de exigencia en el mundo digital y sus redes sociales. Que el sinvergüenza que se mete con la marca en la cara del doctor Barbacid, la gilipollas que hace exaltación del terrorismo o los delincuentes que amenazan de muerte a quien no piensa como ellos respondan con su nombre y apellidos, vaya. Lo normal, lo deseable en una sociedad que ya lo es tanto dentro como fuera de la Red. Lo que salta a la vista, sin necesidad de una lupa… ni de una lupita de Instagram.
 

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