Alfonso Martínez color

Luna y Ponderoso

31/07/2025
 Actualizado a 31/07/2025
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Corría el año 1992 cuando Ponderoso era un recién llegado al Coto Escolar y quien junta estas letras dormía por primera vez fuera de casa en una de sus míticas casetas de madera, esas por las que han pasado miles y miles de guajes durante el último medio siglo para poder palpar la naturaleza y aprender a respetarla.

Las visitas de una tarde con el colegio sabían a poco y las semanas de campamento me sirvieron para conocer más tarde a Luna, la inseparable compañera de Ponderoso con la que ahora se ha mudado a un santuario alemán en el que pasarán el último tramo de sus vidas.

Quizá sea por la misma razón por la que mi abuela Josefa me decía aquella primera vez que era mejor me quedara en casa, porque en el Coto Escolar sólo me iban a dar lechuga, pero he sentido temor al enterarme de la marcha de Luna y Ponderoso. No dudo que allí vayan a estar mejor, pero pienso también que, a estas alturas, es como cuando el médico quiere que un paisano de noventa años deje de tomar el vino o cuando una familia decide llevar a los abuelos a una residencia.

Somos animales de costumbres, algo que se acentúa con la incesante e inexorable caída de las hojas del calendario. Por eso es tan importante la educación que nos dan nuestras familias cuando somos unos micos y por eso creo que no tiene mucho sentido separar ahora a Luna y a Ponderoso de quienes les han cuidado toda la vida.

Quienes ahora vayan al Coto Escolar sólo se encontrarán una enorme jaula vacía y tendrán que recurrir a una tablet para poder ver un oso al menos una vez en su vida. No les importará mucho, porque el uso de la tecnología se ha convertido ya en uno de los pilares de su vida diaria, pero no deja de ser ciertamente triste echar la vista atrás y comparar su infancia con la nuestra, cuando el ordenador era un lujo que apenas nos permitía presentar más curiosos los trabajos de clase o cuando la banda sonora de los pueblos la interpretábamos decenas de guajes a la caza de aventuras que pasábamos todo el verano con los abuelos, sin móvil y sin gana ninguna de playas abarrotadas o sociedades recreativas de alto postín.

«¿Cómo cojones quedaba yo con Lici hace cincuenta años si yo vivía en Madrid y ella en León y no había ni móviles ni hostias?», se pregunta estos días Pedrito cuando le entran ganas de tirar el teléfono al río mientras paseamos por los alrededores del cada vez más vacío paraíso redipollejo y antes de arrepentirse porque es la única forma que tiene de ver a los nietos hasta que vuelva a Ibiza a hibernar, como espero que puedan hacer aún durante muchos años Luna y Ponderoso, nuestros queridos osos del Coto Escolar.

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