Con esa determinación tomada empezaríamos a ver desvanecerse Mesas por León, llamamientos a repoblar oquedades y emprender emprendimientos, enunciados manoseadísimos sobre lo maravillosos que somos o lamentos sonorísimos acerca de lo mal que lo hacemos, apuestas a mil y una ideacas con dinero ajeno y un sinfín de noticias de mucha tinta negra que no la merecen, más con lo caro que se está poniendo el papel. ¿Se imaginan prescindir de publirreportajes en los que periodistas y periolistos se codean con prebostes públicos, arrojar notas de prensa oficiales de tal o cual declaración y acto vacuos al cesto virtual de los papeles, atender sola y exclusivamente a lo que sucede, se decide o se compromete? ¿Pueden hacerse a la idea de una sección de noticias sin ocurrencias inmaduras, fatuidades de manual, destemplanzas a la contra e ideas de primeras dadas? Y respecto a los proyectos que se anuncian, ¿qué hay de enterarse sin verse acosado por una riada previa de ‘apuestas’ y proclamas digna de Godot?
A mucho periódico le acaba por suceder lo que a los diarios deportivos, cuyo estilo imitan con tan escaso gusto: no tienen fecha de caducidad, cambiando nombres propios y los datos del resultado –¡lo sucedido!–, sirven para cualquier semana, cualquier mes, cualquier año, tal es la intrascendencia. Su relación con la realidad sirve a los intereses y la perspectiva hooligan del equipo de sus entretelas (y de sus finanzas). Y luego que las redes sociales se comen la merienda: al menos allí no ponen cara de póker. Allí el juego es serio, si se apuesta se puede perder y las consecuencias están a la vista de todos.
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