Vive esta época una crisis de valores tan latente que ya casi no los hay. La mirada siempre enfocada al ombligo, la incapacidad empática por bandera y la falta de inteligencia emocional patente obligan a una, cuando se deshace del piloto automático que le impide tomar conciencia, a refugiarse en aquello que parece prestarse a todo lo contrario.
El arte en cualquiera de sus prácticas suele ser buen refugio para echarse un rato, saludablemente, a pensar. Es un paseo tranquilo, seguro, que lleva al paseante de la mano de su creador. Y, aunque suene rimbombante cuando se le bautiza menos ambiguo como creación, de entre todas sus formas–que son muchas– se alza una que no entiende tanto de días malos, de dispersión. Es una creación más terrenal, disponible para unos y otros del abanico ideológico y asequible por consumirse, generalmente, con facilidad: es el cine que nos lleva, de vez en cuando, a compartir el silencio que sólo rompe el sonido oportuno de una película. De una como ‘Torrente’ o de ‘La bola negra’, porque la diferencia, en el fondo, da igual.
Pero no quieren dejarlo tranquilo. Las bandas sonoras las atenúa el ruido de las alarmas de una política que a veces te dice que está en todas partes y otras que no. Una política que ha dejado de distinguir entre lo políticamente correcto y la educación; que ya no distingue entre la transgresión de lo uno y la falta de lo otro.Una política que ha decidido que enCastilla y León el cine no tendrá un sesgo ideológico como si no fuera el fruto de la creatividad de una persona que tiene una ideología. Como si quisieran mecanizar un proceso que de mecánico solo deberían tener los mecanismos de sus herramientas. Como si quisieran convertir todo el cine en un producto infinito de Marvel que nos despoje de esa oportunidad única de pensar.
Lo dictamina, sin especificar los criterios de exclusión del filme que «implique adoctrinamiento», un partido que prefiere hablar de franquismo que de dictadura. Un partido que, después, detona la bomba de la reacción; al que responden por el viejo Twitter unos políticos que están ansiosos de hacer campaña. Lo hacen con arengas, muy parciales –claro–, presentando un escenario apocalíptico que, desde aquí abajo, se percibe con algo de terror. Y se traduce luego a través de otras redes que, de tanto simplificar, acaban construyendo un bulo: «‘La bola negra’ ya no podrá verse en los cines de Castilla y León».
Y resulta que la vida no era una obra de teatro, ni un sueño, ni un baile de máscaras, sino un set de rodaje que siempre acaba de empezar. Y al director no le importa que el terror no sea una justa estrategia política. Y se le olvida que a todos nos dejó grabado a fuego Bradbury la temperatura a la que arde el papel. Y a mí, tan diminuta, lo que más me jode en esta crisis de valores en la que todo es política –¿o no?– es que la única tranquilidad posible, la única seguridad, la vislumbro siendo una niña aferrada a las manos de mamá y papá que ya no voy a ser nunca más.
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