Sí, celebrar, recordar, etiquetar, añorar…Todo son efemérides: doce años desde el Mundial, uno desde el gran apagón o desde aquel accidente de tren, tantos desde el Covid, cuántos desde que murieron/nacieron Lorca o Gaudí… o Umbral quiso hablar de su libro. Después están los días o los años “D”. El día más triste, el año mundial de los océanos, el internacional de la lucha contra la alergia o el de las enfermedades raras de la oveja. Qué más da. El caso es celebrar, aunque no haya tantas excusas fascinantes para ello. Hace poco celebramos –celebraron ellos, nosotros lo sufrimos- 50 años del El País; si consideramos su reciente extravío, igual no había demasiado que aplaudir. También los no sé cuántos años de periódicos menores y sus quiero-y-no-puedo de andar por casa. Todas son operaciones de márketing, de autobombo. Homenajes decorativos, sacaperras, mercantilismo puro. Nunca es una celebración inocente, nunca un homenaje improvisado. Y además ¿quién se dedica a llevar la agenda y el registro de efemérides? ¿quién decide lo que es digno de ser señalado? ¿cuál es el criterio? ¿cuántos hechos quedan sin destacar, cuántas personas interesantes sin honrar? ¿porqué festejar los cincuenta años de nuestra boda y no por ejemplo los diez desde el último coito o los veinte desde que aprendimos a leer? En fin, homenajes, aniversarios, centenarios o bicentenarios… Celebrar, aunque ello signifique de alguna manera mirar atrás, pues todo tiene que ver con el pasado, por tanto con la memoria, en definitiva con la nostalgia; emociones tiernas, que son siempre un peligro. Pero en nuestro furor por conmemorar estamos asistiendo ahora a las celebraciones más extendidas y cursis del calendario: las ridículas, melodramáticas graduaciones y galas de fin de curso, de ciclo, de carrera. En colegios, institutos o universidades. Peor, ya en la guardería, con criaturas que no se enteran de qué va la fiesta, y/o confiemos por su bien en que no se enteren. Ceremonias patéticas -¿quién dijo divino tesoro?- cuyo guión incluye móviles y vídeos y fotos, diplomas y bandas en el pecho, camisetas conmemorativas, chiquillas desatadas chorreando al menos maquillaje, adolescentes orondos con un traje en el que se embuten por primera vez y que les sienta como a un gocho unos tirantes, aplausos y lloros, coreografías, profes con bailes ñoños ayudando al teatrillo, madres y padres que piden un Moscoso para estrenar braga y gayumbo, abuelos que no ganan para clínex…. El ticktock estudiantil del impudor: vulgaridad colectiva, modernidad mal entendida, sociedad que imita y populariza lo peor que tiene la cultura yanqui: sus tradiciones más horteras. La civilización occidental globalizada tiene estas cosas. Algunos también podríamos echar la vista atrás. No sé cómo pudimos sobrevivir sin traumas los que jamás tuvimos ese día inolvidable: era acabar el curso, tomar unos cubatas esa noche e ir a meter yerba al pajar. A la Montaña, en camiseta sin mangas. Aquello sí que era `glamur´. ¡Y calor!.
Locos por celebrar
28/06/2026
Actualizado a
28/06/2026
Comentarios
Guardar
Lo más leído