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Lo que va de ayer a hoy

10/02/2023
 Actualizado a 10/02/2023
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Qué tiempos aquellos, posiblemente de la prehistoria para los más jóvenes, pero como de ayer mismo para los que peinamos canas (aquél que pelo tuviere), en que se aplaudía el éxito, que cuando alguien montaba una empresa y triunfaba (y mira que había gente que, llenos de ilusión y fuerza, lo hacía), se convertía en comentario de envidia sana. Aquellos en que surgían proposiciones de asociación y negocio para esto o lo otro. Aquellos de ‘las matildes’, esperadas cada año para participar en las ampliaciones de capital de Telefónica, que hicieron de ella lo que es hoy. Cuando se alentaba la llegada de las multinacionales con el secreto deseo de que aquí, en España, nacieran al menos algunas, que nos pusieran en el cartel del mundo empresarial mundial, porque eso era señal de modernidad y, cómo no, de ingresos para el país. Aquellos en que Solchaga, ministro del gobierno de Felipe González, se ofrecían al mundo mundial para que vinieran a España porque era dónde más fácilmente se podían hacer negocios.

Eso era antes, porque hoy, las empresas son malas, y, si son más grandes, son más malas, se forran sin limitación, explotan, cuando no expolian, a todo y a todos, obviando que buena parte de la situación no proviene de ellos, sino de otros, estado incluido, u olvidando los miles y miles de sueldos que generan y los miles de millones que aportan al erario que luego ese mismo estado redistribuye.

Y especialmente los bancos, que por supuesto no son santos ni mucho menos, a los que se les afea y estigmatiza porque «ganan mucho». Este es un punto que me asombra, y que me da pie, no lo puedo remediar, me lo pide el cuerpo, a contar una experiencia personal precisamente sobre el tema y que me hace reafirmarme en el título de esta columna.

Érase en 1983, que en pleno gobierno socialdemócrata, precisamente en esa época de esplendor y pujanza que glosaba al principio, se montó un pequeño banco, en realidad una Caja Cooperativa de Crédito (un tipo de entidad financiera en las que se encuadran las Cajas Rurales para que el lector menos financieramente avezado se sitúe en la actualidad), aunque hoy es ya un Banco.

Se creó como entidad sectorial y en ella estuve como consejero desde su fundación durante ventitantos años. Desde el principio, y destinada como estaba a un colectivo concreto, el criterio del Consejo era compensar las imposiciones mejor que nadie y cobrar por los créditos menos que nadie, lo que podía llamarse «por y para el usuario». El margen de explotación no era muy grande pero sí suficiente.

Al cabo de tres años, ese margen, o sea el beneficio de la entidad, aunque positivo, había ido bajando y, he aquí que una mañana de mayo de 1986, tres años después de la apertura de la primera oficina, se presentó en mi despacho un señor bajito de pelo cano, impecablemente vestido con un traje color beige. «¿Es usted D. José Alvarez Guerra?», «pues sí», contesté un poco extrañado, «bien», me dijo, «vengo enviado por el Banco de España expresamente desde Madrid para entregarle esta carta», por cierto un sobre de papel verjurado crema con sello en relieve del propio Banco. «¿Espera usted respuesta?», «no, me vuelvo directamente a Madrid. Muchas gracias y buenos días», respondió, más o menos.

Que a un consejero de un banco, por pequeño que sea, le venga en directo una misiva de nada menos que el Banco más Banco del país, no hacía presumir que fueran parabienes. Y así era por lo que decía. Por cierto, la carta se había hecho llegar a todos y cada uno de los consejeros por el mismo procedimiento.

Decía que la política que seguíamos de estrechar el margen, aun cuando en ese momento daba resultado positivo, de seguir así, ganando cada vez menos, corríamos el riesgo de entrar en pérdidas, pérdidas que dejarían a los usuarios del banco sin sus fondos, ya que el negocio bancario, me (nos) recordaba, se basaba en gestionar esos dineros, y si esa quiebra ocurría, además de las pérdidas para los usuarios, la responsabilidad de cubrirlas era personal y con todos nuestros bienes. La carta finalizaba recordándonos que nuestra obligación era «ganar cuanto más mejor», exactamente con esas palabras.

Con cierta flojera de mis extremidades inferiores me vinieron varias conclusiones.

La primera de extrañeza: cómo era posible que un gobierno que se declaraba defensor de unos principios sociales progresistas me dijeran eso. Bueno, pues así era.

La segunda, inmediatamente tomé conciencia de algo que sabía pero que no había interiorizado, y es que el negocio bancario es tomar el dinero de uno, y vendérselo a otro, y si el banco gana, los usuarios ganan, pero si el banco pierde, los que realmente pierden son los usuarios del banco, pues es su dinero el que se maneja.

Por supuesto, una semana después se convocó un Consejo Extraordinario en el que se cambiaron de arriba abajo todos los criterios a aplicar.

¿Y ahora? Bueno, pues estoy asombrado, porque lo que se está diciendo es justamente todo lo contrario de lo que se decía, por carta y personalmente en mi caso, con razones como que a los bancos ya se les ha dado miles de millones para salvarlos hace unos años, cuando no fue a ellos, pues a quien en verdad se dio fue a las Cajas de Ahorro, infestadas todas de políticos y sindicalistas, o que es indecente lo que ganan, olvidando quién es en realidad y finalmente el que gana si se gana y pierde si se pierde, tal como hace treinta y siete años me recordó el Banco de España.

Vamos, que rememorando aquél slogan de los incendios de los bosques que tanto se publicitaba en radio y televisión: «cuando el bosque se quema, algo tuyo se quema». Pues quita ‘bosque’ y pon ‘banco’. Aunque, a lo que parece, pocos se han dado cuenta.

Así que, ¡lo que va de ayer a hoy!, además de casi cuarenta años.
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