Con los últimos desmanes perpetrados por Trump y su ‘troupe’, ha surgido de inmediato un problema semántico. ¿Lo que él hace, y otros parecidos a él, puede y debe llamarse fascismo? O neofascismo, si lo prefieren. Ya sé que algunos dirán que el nombre es lo de menos: lo que importa es lo que pasa, lo que está pasando. Lo que importa, finalmente, son los hechos.
Es cierto, porque esos hechos nos tocan de cerca (más de cerca de lo que creemos), pero me temo que el nombre de la cosa también es importante. Los nombres ocultan a veces grandes infamias. Trump, un propagandista nato, tan parecido a un charlatán o a un vendedor de crecepelos de esos de las películas del Oeste (sin ofender a los vendedores de crecepelos, claro), vive mucho de su verborrea, que resultaría humorística muchas veces si no fuera la manifestación de una visión insoportable de la realidad contemporánea. Trump tiene muchos altavoces, se apoya en algunos de los nuevos tecnócratas digitales que dominan el mundo o quieren dominarlo (Orwell), no le faltan compañeros que le adulan (no todo va a quedar para Rutte, nuestro acariciador oficial del lomo trumpiano), algunos ayudantes de cámara que son prácticamente chicos para todo, como Vance y Rubio, que darían para un buen título de película. Eso sí, si aquí hay una película, sin duda es de terror.
Puede que hayamos permitido que todo esto se saliera de madre. Pero, como a menudo dice Borrell, uno de los últimos sensatos, ¿qué otra cosa podríamos hacer? Trump representa la reactivación del imperialismo, del colonialismo y de las áreas de influencia, y la ley internacional no va con él. Tiene sus normas: las que le convienen. Y como su capacidad militar (lo recuerda a menudo, por si se le olvida alguien), es enorme, colosal, brutal, no hay nadie que pueda chistarle, como no sea con indirectas, que diría Gila. Son comportamientos propios de un matón, eso nadie lo duda. Un rico con ínfulas de emperador que sólo cree en el poder del dinero y sólo tiene interés en los que le votan, que no son pocos, hay reconocerlo. Al menos, hasta ahora. Porque todo indica que, hasta los más contumaces, empiezan a percatarse de la ralea del personaje. Con suerte, las elecciones de medio mandato le proporcionarán un correctivo, un toque de atención.
Sí, ya hemos hablado de esto varias veces. Pero lo que sucede es que no veo que la ciudadanía, empezando por la nuestra, se percate del grave peligro que corremos. Ahí están, en efecto, los debates sobre cómo llamar a esto que estamos viendo en Estados Unidos, y que algunos (de aquí y de allá) quieren importar a Europa. Esos que proclaman que estaríamos mejor bajo un gobierno autoritario, un gobierno de orden (esta palabra manoseada y maltratada), siempre que orden signifique que todo el mundo calle y haga lo que se le manda. Y claro, si el líder es como Trump o sus acólitos, ya se pueden imaginar los resultados.
En realidad, no se los tienen que imaginar. Los estamos viendo cada día. Sólo hay que poner las noticias. En algunas tertulias, asisto al debate lingüístico en torno a si esto es fascismo o bien alguna otra cosa. Lo mismo ocurría con genocidio, si recuerdan, que al parecer no se podía pronunciar. Cogerse la semántica con papel de fumar no me parece la mejor solución. La prudencia está bien, pero a la vista de los acontecimientos, y a la vista de la brutalidad y el lenguaje de acero que algunos emplean, la prudencia y las buenas formas no sirven de nada. Al contrario, nos llevan a más humillación. Menos mal que Europa, por primera vez, se ha plantado y le ha indicado a Trump que debe abandonar el sueño de quedarse con Groenlandia. En fin. Algo es algo. Parece que empieza a haber resistencia.
Estos son los bueyes con los que tenemos que arar, que decía el otro. Menos mal que los abusos de Trump en políticas migratorias (entre otras cosas), con el brutal despliegue del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), dejan las cosas muy claras, incluso para algunos de sus socios republicanos, que empiezan a preocuparse por la deriva de los acontecimientos. Por supuesto que sigue habiendo quien apoya a Trump en esta locura colectiva («hay gente pa tó», que decía El Gallo), pero los apoyos van menguando. Y es lógico que así sea, porque en Estados Unidos también hay mucha gente sensata. Las protestas han surcado todo el país, lo han incendiado, de hecho, particularmente en Minneapolis, sobre todo después del vil asesinato de dos personas a manos de estas fuerzas paramilitares. Hemos visto las formas del infausto ICE, ahí están los documentos, ahí los estupendos reportajes periodísticos. “Tenemos ojos en la cara”, decía una pancarta escrita en la playa. Estamos ante una manera de actuar completamente abusiva, innecesaria, por otra parte, y creo que, como sucederá con otros asuntos, terminará golpeando al propio Trump como un bumerán. Si a esto no se le puede llamar una forma de neofascismo, ya me dirán qué es. Porque sabemos que se ejerce un autoritarismo mal disimulado a veces, una sibilina coerción, qué duda cabe. Aunque con Trump todo es demasiado evidente. Un ácido aroma de venganza se extiende por los entresijos de esta administración trumpiana. Parece que, especialmente en materia de inmigración, hay una complacencia especial en que la dureza se vea y se sienta. Sembrar el miedo, de eso se trata. Todo lo que estamos viendo es distópico, es orwelliano. Casi diría que Orwell se quedó muy corto en sus previsiones.
El neofascismo no es una revolución, como algunos se han creído: es regresar el infierno de la Historia. La revolución es la que debemos hacer desde la sociedad civil. Somos nosotros los que podemos y debemos detener esta locura global. Porque la fuerza de la gente es enorme. No es patriotismo lo que venden, es exactamente antipatriotismo. Trump no deja de dañar a su propio pueblo. Y esta revolución civil contra la nueva tiranía debe hacerse desde Europa, porque hay que estar orgullosos de lo que la democracia ha hecho por lo gente, por la educación, por la ciencia. En las últimas horas el gobierno de España ha anunciado una nueva regularización de inmigrantes. Como dijo también Borrell, no se debería esperar tanto tiempo. No se trata sólo de una cuestión humanitaria (la política debe ser humanitaria o no será política), sino, incluso visto con cierto egoísmo, se trata de una medida que favorece la economía española en sectores clave. Algunos grandes periódicos, como el ‘New York Times’ y ‘The Guardian’ han saludado esta política de inclusión y la han comparado con la vergonzosa política migratoria de Trump. Y eso, en un país creado desde la inmigración. En fin: cada uno sabrá en qué lugar de la Historia quiere estar.