Cuesta encontrar algo escrito sobre la Guerra Civil que merezca la pena. La obra por la que Julio Llamazares ha sido galardonado con el Premio Nacional de Narrativa es una de las pocas excepciones. Son muchos los llamados y pocos los elegidos: escribir sobre nuestra gran tragedia suele ser más un déjà vu de tópicos que una inspiración verdadera. Decía Ortega y Gasset que la mayoría de la gente no tiene una opinión, sino que se apropia de una tesis ajena. Ocurre lo mismo con los cientos de títulos guerracivilistas que hoy sestean en las trincheras de las librerías. Incluso David Uclés, que presumió en La península de las casas vacías de sembrar el frente con minas de realismo mágico, se pasó de frenada; como apuntó la crítica, su originalidad acabó derivando en un delirio de sí mismo.
Por eso me detuve al ver el libro de Llamazares en un escaparate, yo, que suelo pasar de largo ante cada nueva bandera de concordia empaquetada como narrativa retrospectiva. Me gusta cuando la gente cuenta cosas de verdad: una historia, unas memorias, unos hechos desnudos de todo sesgo. Si algo distingue a El viaje de mi padre es que relata la verdad de lo cotidiano, lejos del adoctrinamiento de quienes escriben desde la trinchera ideológica y no desde la vida.
Hoy, muchas obras patrio-bélicas parecen impulsadas por el mismo espíritu que lleva a un treintañero posmoderno a desplegar una bandera republicana en una manifestación por la vivienda. Como si Franco no hubiera construido más casas que buena parte de los gobiernos democráticos: ojalá pudiera decir lo contrario, pero les estaría mintiendo.
En la Guerra perdimos todos. Haría falta haberla rozado en las carnes de quienes la sufrieron para entenderlo.
Quienes han luchado en el barro hacen siempre un alegato por la paz; los que jamás han sabido a qué huele la pólvora prefieren perfumarse con ella desde la nostalgia y el revanchismo.
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