Hay lugares donde el tiempo no pasa: se posa. Se queda apoyado en los márgenes, en las cunetas, en los edificios a medio uso y en las palabras que alguien dijo una vez y a las que nadie puso punto y final. El Bierzo es uno de esos sitios donde el tiempo no corre, espera. Y en esa espera, la política ha aprendido a moverse con soltura.
Cada un bien testado número de años, el calendario empieza a emitir señales. Se activan las agendas, reaparecen los mapas y los nombres propios vuelven a pronunciarse con una familiaridad ensayada. Es entonces cuando llegan las promesas. No lo hacen de golpe, ni con el estruendo de un grito, sino con la seguridad de quien sabe que no tendrá que responder por ellas de inmediato. Primero se anuncian. Después se dejan reposar. Se enfrían lentamente, como si el olvido fuera parte del proceso. Se explican las demoras con palabras técnicas y se gana tiempo. El suficiente para mirarse al ombligo con descaro. Y justo cuando la legislatura empieza a agotarse y conviene demostrar que aquello que se dijo no fue solo ruido. Zas. Ahí va. Entonces se encienden las luces, se monta el escenario y se enseña el resultado entre aplausos de los propios. No importa tanto su tamaño como su existencia. Se cumple. A medias, quizá. Tarde, casi siempre. Pero se cumple. Y eso, en política, cuenta.
El Bierzo observa. Ha aprendido a no confundir la visita con el compromiso ni el anuncio con la apuesta real. Es una comarca entrenada en la paciencia, acostumbrada a que las soluciones lleguen incompletas y a que nunca se tapen todas las grietas del tejado. Si se arreglan dos, se deja suelta otra. No por descuido, sino por estrategia: la carencia garantiza el regreso, y la promesa que es lo que pone tinta a una papeleta decidida. Aun así, se agradece. Se juntan las manos y se asiente. No por ingenuidad, sino por una mezcla de educación, cansancio y memoria selectiva. Porque discutir cuando el ciclo termina es como reclamar explicaciones al tren cuando ya casi ha llegado a su destino.
Aunque El Bierzo ha aprendido a no permitir lo fácil a los comensales que llegan y se sirven solos. Sabe incomodar y ha sonrojado por dentro a muchos consejeros que por fuera han vendido serenidad. En lugares donde el tiempo va sumando metros de tierra sobre las promesas, ese es un desahogo.
La política cree que el tiempo juega a su favor. Que prometer es inmediato y cumplir, una ceremonia final. El Bierzo sabe que el tiempo no absuelve: archiva. Y que cada promesa que llega tarde no se pierde, se suma.
El reloj vuelve a marcar cumplimiento ahora. Nunca completo. Lo justo para decir que se hizo, pero que también se hará. Lo suficiente para que el tiempo apunte con certeza a la hora de la promesa y dispare.