Presto aclaro que aun el título del presente texto y el calor haciente –evito el reinante–, mientras lo escribo, no estoy perdido en el listado de días internacionales de la Unesco. Tengo añosas razones para no olvidar, nunca, espero, que la celebración del Día Internacional del Libro (y, siendo exacto, del Derecho de Autor, que «money is money» «y a ti te encontré en la calle») es el 23 de abril, pues se acrecienta mi edad en primavera, rozando día tan cervantino. Y está muy bien lo de «Internacional» porque, qué día no es el de tener un libro entre las manos para leer.
No, el título se debe a que llevo estos últimos días, así como invadido de una placentera y a la par abrumadora necesidad de cavilar sobre los libros que componen mi biblioteca, quizá, mi más valiosa propiedad material y, a la par, incorpóreo por su colaboración a mi diaria construcción como persona. Sin duda el recurso que, junto a la familiar educación recibida, más ha contribuido a modelar mi corto saber y entender y creciente espíritu crítico, así como a la ponderación y decisión de las muy variadas y vitales experiencias que he tenido que resistir o, mayormente –necia soberbia sería negarlo–, disfrutar, pues siempre para las primeras, también en los libros, he encontrado alivio y consejo de corrección y para las segundas gozosas enseñanzas en mi continuo e íntimo debate entre procurar ser ora un vicioso de la virtud ora un virtuoso del vicio. ¿Quién no tiene dudas, quién no contradicciones, quién no quebrantos, quién no pesares? Los dioses nos libren de los encefalogramas y cardiogramas planos, del ni gozar ni padecer. ¡Qué mediocridad!, ¡con lo que se sabe del futuro de los tibios!
Qué duda cabe que son gran cosa los libros, las bibliotecas públicas, las privadas, siempre transferibles o donables, los bibliobuses, que nos permiten lo mejor: leer. Leer aun cuando a la afirmación de mi admirado André Gide: «Ante ciertos libros uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿Qué leerán?», se le pudiese contestar con don Miguel de Cervantes que aun cuando, como dice don Quijote, «hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos» / «–No hay libro tan malo –dijo el bachiller–, que no tenga algo bueno», por más que, alguna vez, el encontrarlo no valga el gasto… de tiempo.
Incorpore en toda estación, si aún no lo ha hecho, un o unos cotidianos tiempos de lectura a su plan de vida saludable. Lo verseó Unamuno: «Leer, leer, leer, vivir la vida».
¡Salud!, y buena semana hagamos.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.