Los libros de antes

24/01/2026
 Actualizado a 24/01/2026
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No se puede luchar contra molinos de viento. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha no cejó en su intento pese a las advertencias de Sancho Panza y acabó derrotado por las impasibles aspas. Y, con la obra de Cervantes tan instaurada en el imaginario colectivo, me digo que ya va siendo hora de que me lea el Quijote. Y una voz ajena me responde que, si no tengo mucho tiempo, podría acudir al solícito ChatGPT para que me hiciera un resumen. Entonces lamento que ese anhelo mío, a pesar de que así quise hacerlo, no me lo hubiera confesado solo a mí. Supongo que habrá muchas otras expresiones que se hayan trasladado orgánicamente desde alguna obra maestra de la literatura hasta el habla popular, aunque me temo que no será así de ahora en adelante, a sabiendas de que las manos que otrora sujetaran libros ahora suelen sujetar móviles.

El cambio se aprecia bien en el habla. Esta semana un compañero nacido en tiempo analógicos –aunque muy juvenil– me aclaró lo que era el ‘cogüelmo’ y otro, alumbrado en plena era digital y muy lector, intentó explicarme el significado de ser «un charca». Me pareció algo precioso: voces tan distintas en una misma realidad hinchando el diccionario a base de palabras de hoy y de ayer. Me llené de entusiasmo abanderando una lengua que llama ‘espuela’ a la última copa antes de poner rumbo a casa y ‘fife’ al hombre al que, de tanto jugar al Fifa y masturbarse, no le da tiempo a reflexionar. Fue encantador imaginar a Pérez-Reverte destilando un hedor fuerte a naftalina sin comprender que no, que el lenguaje no es estático; que está tan vivo como nosotros. Me resultó divertido pensar en cómo hará la RAE para justificar la etimología de un término que de procedencia tiene un meme y nada de griego ni de latín.

La pena llegó después, cuando reparé en que mis mayores tienen palabras y expresiones para prácticamente todo, mientras buena parte de mi generación ha relegado lo extravagante, lo sorprendente, lo extraño y tantas otras cosas más al vocablo ‘random’. Que, igual que mi abuela sin estudios superiores que sabe bautizar artefactos que yo ni sé que existen no es capaz de asumir esta especie de neolenguaje, nosotros nos hemos malacostumbrado a no incorporar al nuestro el de antaño. La pena llegó cuando me di cuenta de que yo demonizo la tecnología tanto como otros demonizaron antes las novelas; pero es que a Mateo Díez, de tanto leer, le acabaron dando el Cervantes, y a nosotros, de tanto usar la aplicación gobernada por el magnate histriónico que quiere llenar la España vacía de placas solares, como mucho nos dan un disgusto. No es que todo sea culpa nuestra; quizá la situación sería otra si no nos hubieran llenado las manos de tecnología al poco de nacer. Si no nos hubieran obligado a entender a Cervantes sin haberle leído. 

Todo esto porque ayer, al despertar, pensé en cuánta gente en León habría visto la nieve antes por el móvil que por la ventana. Todo esto para terminar dándole de nuevo la razón a Sancho Panza: no se puede luchar contra molinos de viento. Pero estaría bien que, de vez en cuando, fueran gigantes.

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