Lí siempre sonríe. Tengo varios calendarios chinos, una pañoleta y una vistosa pulsera de piedras naturales que tuvo a bien regalarme por corresponder a su sonrisa. Hace poco su hermana se casó en Ponferrada. Casi toda su familia está en España.
El sedoso pelo oscuro de Lí evoca el de una de esas fascinantes geishas. Pero las geishas son japonesas. Y Lí es china. ¡Qué más da! Solemos confundirlo todo. Y más en estos tiempos turbulentos donde lo mismo aplaudimos a unos héroes que les denostamos porque habitan en nuestros mismos bloques y pueden contagiarnos.
Tiempos confusos en que la cerrazón puede perturbar el entendimiento y clausurar, también, el sentido común. Parece que en algunos lugares aumentan las agresiones hacia los chinos por considerarles culpables de la pandemia. Crece el acoso hacia ellos en los medios públicos de transporte, las miradas inquisidoras a las entradas de las discotecas. Se multiplican los recelosante su presencia.
Recuerdo ahora esa conocida cita del pastor luterano alemán Martin Niemöller: «Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron a por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron a por mí, y no quedó nadie para hablar por mí».
¡Qué quieren que les diga! , yo estoy deseando volver a ver esa blancura de sonrisa bermeja de mi amiga Lí.
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