El ser humano tiende al aldeanismo. Cuando los gurús de la motivación sientan cátedra sobre las bondades de salir de la zona de confort, es porque saben que, en lo más íntimo de nuestros instintos, no somos capaces de vislumbrar el bosque y acampamos en la copa del árbol de la vida monótona. Defendemos las tradiciones, las reglas, los estándares establecidos. Romper las estadísticas costumbristas es percibido como demoler el suelo bajo nuestros pies. De ahí surgen los más papistas que el Papa, o esos ortodoxos defensores de tarros de las esencias que no son más que legados de los que cometieron la osadía de ser vanguardistas e innovaron.
Se engaña el que se consuela con que lo que siempre se ha hecho de una forma no puede cambiarse para mejor. En Alicante se rasgaron las vestiduras cuando eligieron al berciano Pedro Alonso, de Pirotecnia del Bierzo, para disparar la palmera de la Nit de la Cremà. Fue un hito. Nuestro paisano ha sido el primer forastero ajeno a la Comunidad Valenciana que participa en la icónica clausura simbólica de las Hogueras de San Juan. No salió como a él le hubiese gustado; el propio Alonso lo reconoció en una entrevista en el diario Información. Tuvo un gatillazo: la majestuosa palmera fogueante se quedó en una especie de bonsái humeante con el que quizá quiso lanzar una plegaria a la concordia. No la ha habido. Más bien al contrario.
Desde que el berciano profanó las tumbas de la hemeroteca festera con los sacrilegios pirotécnicos, los alicantinos levantaron las armas de la indignación. De poco ha servido su mea culpa. En la tierra en la que sus gobernantes acostumbran a no reconocer sus propias faltas, debería levantarse un monumento fogueril a todo aquel que dispare el mínimo destello de humildad. A Alonso le han cogido manía desde el momento en el que se supo que el que iba a disparar la palmera no era alicantino. Estoy por apostar a que, si un valenciano comete ese fallo, se lo habrían perdonado. Indultamos solo a los nuestros y, para ellos, ese hombre era un ninot sentenciado en la hoguera. La pólvora de las mascletás es pólvora mojada en comparación con la que se dispara a los que no son de nuestra tribu.