Que en tierras de León han campado pocos leones es un dato conocido o barruntado por casi todo el mundo. Tal vez alguno de paso en algún circo o por excentricidad adinerada. Casi todos conocemos también que la denominación de ciudad y provincia procede por corrupción (léase evolución, que en idiomas es lo mismo) de legión, del origen militar de la población cuyo espíritu cuartelero aún se deja ver con pertinacia. Quizás por el afán de abreviar y entenderse mediante el uso de símbolos parlantes en una sociedad analfabeta, con el tiempo la figura de un león acabó por significar a la ciudad y al reino y, al fin, por representarlas. De ahí a colocar leoncitos de todo tipo de materiales, formas y colores en todo tipo de tamaños, soportes y ubicaciones urbanas (rotondas, rinconadas y plazoletas, preferiblemente), solo median algunos siglos y la intención municipal de recargar una supuesta identidad que para sí quiera el mucho más discreto reino de Wakanda.
Mola el león. Por ello se ha convertido también en emblema de tantos territorios y ciudades por el ancho mundo, lugares con frecuencia poco dados a estar poblados por tales animales: de los tres estirados y superpuestos ingleses a los espadachines de Sri Lanka o Países Bajos, Montenegro, Chequia, Zaragoza o Jerusalén, entre una infinidad, ofrecen un catálogo de contorsionistas e irreales animalitos que hacen palidecer a los dibujantes de manga. El origen de este éxito reside seguramente en las virtudes de simba (león en suajili), que son notorias: rey de la selva a causa del poder de fauces y músculos es también el rey de la pereza, contradicción que quisieran resolver los clientes de los gimnasios del mundo. Es asimismo rey de la actividad sexual. Lo tiene todo. Tales y supuestas ventajas no le han permitido, no obstante, esquivar la extinción: hasta hace unos miles de años era el gran mamífero más extendido en el planeta, de los Balcanes a la India o América; hoy sobrevive en parques naturales al sur del Sahara, codiciado por depredadores campechanos.
A nuestra zambullida avizoramos un tiburón. El tiburón es un animal incomprendido. Su fama de depredador despiadado impide valorarlo como una de las especies animales más antiguas y exitosas… (pausa de hidratación, modelo Jacques Cousteau).
Contra el lugar común, el león no es un felino (como los gatos), sino un félido de la subfamilia panterina, cuya diferencia mayor es el tamaño y el rugido, o sea, son grandes y ruidosos. De ahí, seguramente, el escaso interés en su domesticación. Para compensarlo, se ha domesticado su figura y bibelot en muy distintas poses, a saber: rampante, pasante (no como profesión), sedente, yaciente, guardante o saliendo de alcantarilla. Un catálogo que nos sitúa, al fin, en cabeza del citado y no en cola de roedor.
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