Eran principios de la década del dos mil. Mis padres tenían varios inmuebles en León. Era un crío y recuerdo borrosamente como pasábamos largas tardes en el edificio que tenían en la calle Sahagún. Los personajes que se daban cita en el rellano parecían salidos de Aquí no hay quien viva o de 13, Rue del percebe. Me acuerdo de algunos, convivían un grupo de personajes inadaptados, incomprendidos por el mundo terrenal y habitantes de las estrellas a punto de explotar por una supernova. La que más trato tenía con mis padres se trataba de una viuda que apenas le alcanzaba la pensión que le había dejado su marido. Era habitual que le perdonaran algún porcentaje del alquiler como acuerdo de armisticio en sus batallas cotidianas. Había un chico de etnia gitana que apareció de repente con su familia y que tenía por mascota un pato. Me parecía algo exótico, como una especie de dandy sin cocodrilo. Aquel hombre no pagaba renta, le habían dejado instalarse en uno de los pisos, pero cuando encontrara trabajo tenía que empezar a abonar el alquiler. Se fue en cuanto encontró trabajo sin dejar rastro. Lo mismo hizo una chica que había perdido el trabajo.
Me he acordado de mis padres y su altruismo ahora que mucha gente no tiene donde reclinar la cabeza ni tierra donde pisar por culpa del terremoto inmobiliario. Con su solidaridad predicaron un derecho a la vivienda fundamental. Todavía seguimos esperando a que los legisladores lo blinden como es debido. Hasta el papa León XIV ha tenido que escribir en su primera encíclica, Magnifica Humanitat que la propiedad privada tiene sus límites sociales. Planteamiento que no es comunista sino del liberalismo de John Stuart Mill. El intelectual británico destacaba que la vivienda no era un bien convencional que estuviera sujeto al mercado sino que tenía un fin social. En países capitalistas como Singapur el 80% de las viviendas son públicas. Era algo habitual en Europa con Gran Bretaña como referente hasta que Margaret Thatcher liberalizó el mercado y dijo aquello de que «El derecho a poseer, a tener propiedades y a tener el hogar como un castillo no es solo un privilegio, es uno de los cimientos de una sociedad libre”. Nadie nos dijo entonces que habría gente que no podría entrar en la fortaleza y sería pasto de los cocodrilos del foso.