Nacho Barrio

León, terraza y supervivencia

20/05/2026
 Actualizado a 20/05/2026
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Hay una cosa admirable en el cazurro estándar y es su capacidad para detectar un rayo de sol con la precisión de un satélite militar. Incluso de intuirlo a días vista. Da igual que llevemos semanas de lluvia impertinente, viento criminal y temperaturas ideales para la cura del jamón o de comunión en polideportivo. Basta que el sol asome unos segundos en lontananza para que media ciudad salga disparada hacia una terraza como si acabaran de anunciar el fin de la guerra.

Aunque se camufle de ‘salir a dar una vuelta ahora que no pintea’, existe un clima prebélico soterrado y la música de ‘El hombre y la tierra’ pone el contexto.

Póngase en situación. Mes de marzo o inicios de abril. Calor no hace. Con la excusa de la Semana Santa, toca bajarse al centro a ver con qué alquimia extraña nos sorprenden esta vez los de las limonadas. Eso merece capítulo aparte y no será hoy cuando lo abramos.

Volviendo al tema. Primavera ‘fake’ en el ambiente, el aire cortando la cara como una radial, pero ahí ve usted un mar de mesas llenas. Cazurros y foráneos tomando cañas con bufanda, gafas de sol y esa dignidad tan nuestra de quien se niega a admitir que tiene frío. Porque el cazurro estándar jamás reconoce el frío en terraza. Podrá tener las manos moradas, pero ya está pensando en la siguiente terraza.

La pelea por la mesa buena tiene algo de selección natural. Usted puede llevar veinte minutos esperando tranquilamente y de pronto aparece un matrimonio jubilado con una coordinación propia de una operación de los GEOs. Ven levantarse a dos chavales tras la eterna Coca-Cola y arrancan a caminar antes incluso de que hayan pedido la cuenta. No corren porque sería de mala educación, pero aceleran lo justo para que usted entienda que la vida es para los valientes.

En esta aventura el peaje cada vez aprieta más y los precios (porque solo a los bares les suben la contribución, la luz, el género y el fútbol) ya son de milla de oro. Por eso el cazurro cada vez apuesta más por no salir de los cuarteles de invierno de su barrio y bajar solo si vienen visitas. Buenos rejones sin haber llegado Morante a la Plaza del Parque.

Luego está el arte de orientarse. Porque aquí las terrazas no se eligen por la calidad del café, ni por la tapa, ni siquiera por el precio. Se eligen por el sol. El leonés puede despreciar una mesa perfecta simplemente porque “ahí a las seis pega sombra”. Como los girasoles, pero con quejas. Mucha gente no sabe ya dónde está el norte, pero distingue perfectamente a qué hora desaparece el sol en cada esquina del Húmedo.

Y cuidado con mover una sombrilla sin consenso vecinal. Ahí aflora la tensión territorial. Basta girarla diez centímetros para que un señor que lleva cuarenta minutos callado intervenga como si estuvieran redibujando las fronteras de Europa. “Así me da a mí”, dice. Porque el sol en León no se disfruta: se administra.

Aquí el buen tiempo no se da por hecho; se celebra como una aparición mariana. De ahí que la ley del mercado haga que valoremos lo escaso. Por eso en cuanto suben dos grados nos lanzamos a las terrazas con un entusiasmo un poco desesperado, como quien sabe que la felicidad quizá dure hasta el martes.

Después de tantos inviernos, tantas obras eternas y tantos “a la Cultu aún le dan los números”, el leonés ha aprendido a aprovechar cualquier tregua. Aunque dure lo mismo que un corto al sol de San Marcelo.
 

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